Podemos irnos muy atrás en la génesis de los motivos de los incendios de un verano aciago, pero me asalta aquel chascarrillo de Rajoy en 2007, cuando nos decía con esa gracia que le caracteriza, que tenía un primo científico que le transmitía que aquello del “cambio climático” era una cuestión impredecible.
El análisis tenía una solidez intelectual recogida del acervo académico del ADN de un gran espectro de la sociología de la población conservadora, obtenida metodológicamente desde la observación detenida en el transcurrir de los tiempos. Todo era un escenario riguroso para anticipar el futuro, como lo fueron la teoría de los desiertos remotos y las lejanas montañas o la de las bombas de destrucción masiva, rompiendo el contrato social y político con la llegada de Rajoy al poder en 2011, sin dejar de olvidar los antecedente al boicot al Estatuto de Cataluña, iniciando un periodo de crispación al que no renunciarán hasta alcanzar el poder.
Una década más tarde llegó el covid y el aterrizaje negacionista de la mano de otros primos; esta vez del PP. Pero entonces, todo se jodió con la moción de censura que presentó Pedro Sánchez y con su posterior gobierno. A partir de ese momento el PSOE comenzaba a ser “anticonstitucional” para aquellas élites judiciales, mediáticas y políticas que tenían una visión muy delimitada de la democracia, donde todo debía estar acotado según sus parámetros de orden. Había que acusar al PSOE de polarizar la sociedad, cuando era la estrategia de su hipérbole la que elevaba la confrontación.
Y planearon cambiar su oscuridad con fantasías que encienden las emociones y sentimientos más básicos, dando gato por liebre, confundiendo las esperanzas con adormecedores sueños venenosos. Y comenzó la estrategia improductiva, a efectos democráticos, de ganar el relato. El gobierno era ilegitimo, entregado al bolivarismo de Podemos, al socio-comunismo, secuestrado por el separatismo. España se rompía, otra vez, y el PP reinaguró la vuelta a las pancartas, tomando las calles en una lucha desnortada contra la extrema derecha para ver cual de ellos amaba más a esa "patria" de chiringuitos y parafernalias que había encontrado un obstáculo con un gobierno de progreso.
Herramientas instrumentales a través de pseudoperiodistas con digitales subvencionados en territorios amigos, pseudosindicatos extorsionadores, que ya se fomentaron tras el dramático 11-M, se amplificaron con la llegada de Pedro Sánchez, coincidiendo todos en radiar un ruido basado en la subida, sistemática, de decibelios. Habría que considerar en este punto un incremento significativo en la instrumentalización de la justicia que se constata con una oscura policía patriótica, con sospechosos agentes judiciales con espíritu justiciero. La persecución a la jueza Victoria Rosell, a manos de otro juez, el descuartizamiento político de Mónica Oltra, la persecución infundada a Podemos y finalmente el hostigamiento al fiscal general o a la familia de Pedro Sánchez no son anécdotas puntuales sino la acción diseñada por parte de opciones políticas al servicio de las élites para mantener su status quo.
El desembarco en Madrid de Feijóo en lancha no fue fácil. Una espada de Damocles era fijada sobre su cabeza atolondrada, mientras movía aros circunvalando supersónicamente en sus antebrazos. Sus manos movían compulsivamente dos palos bajo unos platos chinos, a la vez que sus piernas estaban enfangadas en la ciénaga que destapó Casado, dando vueltas sobre un mismo punto, Vox mediante y la tonta del bote.
Luego, ya se sabe, vino la campaña del “Verano Azul” con “Sánchez o España”, pero ese 23 de junio optamos por la España de Sánchez, o la ocurrente de “Mafia o Democracia” y le cayó la del pulpo. Mientras, entre medias, asistíamos al drama de la Dana con un esperpéntico Mazón al mando de la nave o a los dramáticos incendios de comunidades del PP que no tienen rubor alguno en proclamar sus políticas del adelgazamiento del estado, pero que ante cualquier drama que gestionar, corren posesos a demandar que el Estado les salve. Toca tiempo de explicaciones, debates, propuestas, acuerdos y dimisiones.
Lo que parece claro es que lo público salva al pueblo y eso solo se sostiene con impuestos progresivos y no tanto con la fórmula Montoro. Por eso no se entiende que Comunidades Autónomas regalen impuestos a las rentas altas como por ejemplo Extremadura, donde se regalan cinco millones de euros a las 1200 rentas con ingresos superiores a los dos millones de euros. O como Madrid, donde al parecer, pagando 1300 euros a los bomberos la previsión ante los incendios está cubierta. Total, como decía el primo de Rajoy: predecir el tiempo es imposible y el cambio climático es cosa de ecologistas.
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