jueves, 18 de octubre de 2018

La sombra de la ley



Con películas como "La Sombra de la Ley", se demuestra que en el cine español, no solo hay vida, también talento. Una cinta que justifica ir expresamente al cine y de paso saborear sus dosis de pedagogía histórica a las que tal vez se le hubiese podido sacar más partido. Corrupción en las cloacas del estado, lucha de clases, manipulación de los de arriba sobre los de abajo...

Sin ponerse purista, yo diría que perfecta su producción, ambientación de primera, con una excelente fotografía que se recrea plano a plano en la Barcelona de los años veinte. Un Luís Tosar y Ernesto Alterio de los que no te cansan de admirar, sin desmerecer un amplio elenco de actores y actrices que están sembrados como Manolo Soto en su papel de varón. Solo con alguna falla interpretativa en las escenas de la huelga de las mujeres. Hasta los guiños al cine americano no solo no desafinan sino son manejados con maestría homenajeando a los Intocables de Eliot Ness. Reconocer espacios de los rodajes como Correo, Vía Layetana o la sala de baile "Eden" que recuerda a la centenaria sala de La Paloma, ayudan a ubicar  esta cinta en aquellos convulsos años de Barcelona.

A resaltar, el movimiento de las cámaras en las calles y en las confrontaciones entre huelguistas y policía que mejoran la credibilidad del relato y que logran el realismo que requiere ese momento histórico de ruptura social. Me quedo con la escena de la persecución de los coches entre los maizales, francamente innovadora, acompañada de una música sólida. Ainhoa Arteta presenta el tema central de la película.  

Película que ayuda a reflexionar sobre los momentos actuales. Cuando se rompe el contrato social no queda otra que la confrontación. Otra cosa es que esa confrontación sea diseñada, buscada y soñada por una de las partes. El gobernador de Cataluña, Martínez Anido, personaje nefasto de la historia de nuestro país aparece en las entretelas de la película como lo que fue; un sicario de las élites en la Barcelona de 1921. Bajo el contexto del asesinato del presidente de gobierno, Eduardo Dato en marzo de ese mismo año, el Desastre de Annual, meses más tarde, se intuye la descomposición de un régimen conservador y beato. La lucha entre la patronal catalana y el anarcosindicalismo, será una justificación para rearmar a un ejército vapuleado en África. El activismo pistolero de una patronal insaciable y un sindicalismo confrontado en su interno entre la negociación y la violencia forman el caldo de cultivo para preparar el golpismo de Primo de Rivera en 1923.


Al final de la película, una frase impresionada en la pantalla, haciendo referencia a lo que vino después. Es eso: historia sin revisiones poniendo a cada una de las partes en su sitio. Tan simple como poner el acento en la sustantividad en el conflicto entre capital y trabajo. Sin más zarandajas

domingo, 30 de septiembre de 2018

Recuerdos de la fábrica Serra i Balet


Mi padre, es un buen sastre, conoce el buen paño. En el pueblo, tiene fama de manitas. Con él aprendo a valorar una buena lana, la espiga, la franela o una buena pana. Es un artesano, en Plasencia, Cáceres.

Cuando llegan los viajantes con sus muestrarios siempre le acompaño y me pide opinión sobre la gama de colores que debemos adquirir. Me pirran los muestrarios de pana que en poco tiempo va a revolucionar el mercado rompiendo con el tradicional cordón grueso de color negro y tierra; más dirigidos al hombre que trabaja en el campo. Se convierte rápidamente en un tejido moderno con una gama amplia de colores, presentada en un cordón fino que hace que la prenda no sea tan rígida y su caída sea limpia. Juego con los cambios de tonalidad que se dan cuando paso mi mano a contrapelo al que hay que estar atento. Mi padre aprovecha cualquier circunstancia para irme dando pastillitas de sabiduría artesanal:
--¡Cuando cortes los delanteros o los traseros de los pantalones si no pones las piezas en el mismo sentido, te cargas el pantalón!
--Ah, claro, porque cada delantero tendría un reflejo diferente, ¿no?
--Así es, hijo. Esta lección va de gratis. El pelo siempre a favor de la mano.

Cuando llegan de Barcelona las cajas de pana de Serra i Balet con los pedidos realizados, las identifico fácilmente porque tienen una cenefa verde carruaje que rodea al dibujo de una fábrica de estilo modernista de tres naves y dos pisos, forrada las paredes de piedra con columnas de tocho visto y con grandes ventanales en arco. En el centro del edificio resalta una chimenea de ladrillos muy alta que lo identifica con un ambiente fabril. Recuerdo que descubrí que los reyes magos no existían porque unas navidades vi encima de un armario del dormitorio de mis padres una caja de Serra i Balet; subí a lo alto no se cómo y al levantar la tapa de la caja me sorprendí al ver cómo dentro de ella había un fuerte con vaquero e indios. Y allí, en ese aciago momento, se acabó la inocencia y la magia. 

Medio siglo más tarde, acabo viviendo en el barrio de Sants de Barcelona y un día, paseando por él, desemboco en la plaza de la Olivereta con calle Begur y  me encuentro con una chimenea de 32 metros de alzada y un edificio parecido al que recordaba de entonces. ¡Es la fábrica de Serra i Balet!. 
Creo que la añoranza por el olor y el tacto de una pana, con la que me corté mis primeros pantalones acampanados me está jugando una mágica pasada, pero es ella; la fábrica de Serra i Balet, donde mi padre compraba la mejor pana de España. Parece como si el ciclo de un recuerdo se cerrase teniendo un final feliz. Siento una emoción difícil de explicar y recuerdo a mi padre, un sastre bueno de provincia. Y alguna lágrima derrapa por mi rostro.

Es un edificio construido en forma de U a principios de siglo XX, y que se dedicaría a la fabricación de terciopelos, hilaturas de algodón y fundamentalmente panas. Sus propietarios tuvieron que hacerse de oro cuando un acontecimiento de escala mundial como la I Guerra Mundial hizo producir la empresa como nunca. Luego, durante la guerra civil fue colectivizada y más tarde aguantó hasta que duró el proteccionismo del textil. En 1982 tuvo que cerrar por quiebra. ¡Cómo lloramos su cierre mi amigo Félix Sánchez Dueñas y yo¡ Una pana inigualable para aquellos que amábamos una tela. Que hoy en día yo pueda disfrutar de este espacio, ahora convertido en un club deportivo, tienen la culpa la lucha vecinal del barrio, que entonces lo consiguieron recuperar como un espacio de ocio colectivo. Y yo, acabo de cerrar el ciclo sedante y sedoso de este recuerdo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

1974. Una tarde en Paris con Silvia Kristell


Es julio de 1974. Edu, Paco y yo, tenemos 18 años. Desde el Arco del Triunfo vamos bajando hasta la Plaza de la Concordia; la de la reconciliación tras darle gusto a la hoja fina de la guillotina para María Antonieta y Robespierre. Cae la tarde haciéndonos fotos en la que fue Plaza de la Revolución, junto al Obelisco o en los Jardines de las Tullerías, pasando el tiempo y viendo las carteleras de espectáculos, galerías de pinturas, almacenes y grandes marcas comerciales de esta avenida ampulosa. 

Nos topamos con un cine y sorpresa: ¡Enmanuelle!   Allí está Silvia Kristel, sentada sobre un sillón de junquillo, que la corona como la icónica emperatriz del sexo en que se ha convertido. Mimosa e inocente parece morder las perlas de la fantasía que sostiene en su mano como invitándonos a poseerla, aunque solo sea visualmente. Sus pechos son las manzanas del pecado que arrastramos desde que nos encontramos, por casualidad, con el placer. Y sus piernas, deshinibidamente cruzadas y abiertas, nos arrojan, y no hay ninguna red salvadora, a un tiempo de ensoñación lujuriosa de la que ningún censor nos puede salvar.  
--Es un momento histórico, compañeros
--Ni un paso atrás, Paco.
--Tenemos también la opción de la Naranja Mecánica. -En una sala paralela estrenaban esta otra película, también prohibida en España-. Ahora, o nunca. 
--Vamos a ver, ¿pero quién no ha oído la novena sinfonía de Beethoven? –La ocurrencia de Edu, era concluyente-.

Nunca una decisión disfrutó de mayor cohesión grupal. Se arruga la tarde que oscurece. Escasa mochila vivida para adentrarnos en los vericuetos de lo desconocido. Nos dejamos llevar por la intuición que hacemos de la mirada provocativa que nos regala Silvia Kristell. Compramos morbosamente tres entradas. Entramos al cine y un acomodador nos exije la propina. No queremos entender. Dialécticamente forcejeamos. Toda la sala ya sabe que somos españoles. Pagamos el servicio o nos vamos a la calle. Pagamos y nos sentamos. Nuestras cabezas, se depositan sobre las butacas del cine, entrando en un fantaseado bucle que nos hemos regalado en una noche de Paris. Yo, me he sentado en medio de Edu y Paco. Se apagan las luces. ¡Todos saben que somos españoles!.

El cuerpo de Silvia, nos incendia en un sueño de noventa y dos minutos. Se nos viene una voz musicada, enigmática y seductora. Una voz cercana, de esas que te hacen sucumbir. Nos reponemos de la solidez sonora que la sitúa en una posición de ventaja. Ella, domina el escenario.

Un picardía no puede evitar el dibujo mágico de su arquitectura perfecta, un corpiño ajustado no puede ocultar el anuncio de un festín de pechos. Se aceleran los deseos por su desnudo. Sus escasas bragas son una invitación a despojarle, cuanto antes, de ellas. Imaginamos invadir su cama, devorándonos pulsiones innatas en nuestras encendidas entrepierna de inberbes adolescentes. Inevitable calentura pronunciada. Creo que se oye el latido de nuestros corazones en toda la sala, pero no importa porque ya todos saben que somos españoles. Nuestra mente calenturienta ha sido descubierta. Miro a mi izquierda y veo unos ojos fijos que brillan hacia el infinito, miro a mi derecha y sus ojos parece que están llorando. Doy con mi brazo izquierdo a uno, doy con mi brazo derecho al otro. ¡Pestañear es de cobardes!

La cama, la butaca, la mesa o una silla donde está Silvia se convierte en un oasis. Avanzamos gateando hacia ella y sus pechos afilan nuestras miradas. Somos un racimo de dedos multiplicados. Una inflamada lascivia segrega el momento irracional del deseo que queremos infinitamente prolongado. Volvemos a viajar por sus laderas y nuestras lenguas se agitan por la superficie de sus corolas que terminan durmiéndose en los pezones regalados que nos hacen levitar. Regalo de la fantasía en un desgobierno planetario en este más que tardío descubrimiento. En España, alguien nos ha contando un cuento. 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Monago: el hombre orquesta



Monago ha decidido remangarse a las puertas de las elecciones autonómicas, después de tres años de estar sesteando. Se ha convertido en el hombre orquesta del PP de Extremadura. Parece que ha renunciado a ser un verso suelto y tras su opción fallida con su amiga Cospedal, ha optado por disciplinarse con Pablo Casado en su versión VOX. Puede que para cubrir el flanco de Morales, el facha, o del Caudillo del Guadiana. Gracias a Monago, Extremadura es la primera comunidad en tener un diputado VOX en un parlamento que le hará pupita electoralmente. 

A este Barón Rojo nos lo han cambiado. Sin palmeros, sin voceros y plumillas subvencionados con dinero público, sin Iván Redondo se nos ha metamorfoseado en hombre orquesta con megáfono en mano para hacer méritos de cara al senado en 2019. Y se ha traido a Extremadura a Pablo Casado para anunciarnos que subir impuestos a las rentas de más de 150.000 euros es insolidario.  

Su último esperpento del verano ha sido desmarcarse del acto de homenaje a las víctimas del terrorismo etarra en la asamblea extremeña. Su justificación es una supuesta política de acercamiento de los presos etarras a Euskadi. ¡Haciendo amigos!. O toma el megáfono para sentenciar que los 98.647 personas en paro del mes de agosto son "malos de solemnidad", cuando con él, en el mismo mes de 2013, Extremadura alcanzó los 144.333. También, exige que se audite los 30 millones invertidos en los últimos diez años con la erradicación del camalote en el río Guadiana. ¿También en sus años de Gobex?. ¿Ahora se acuerda del Camalote con su alcalde Fragoso?. Y lo de los ventiladores en el hospital de Cáceres ya ha sido épico. Él, que cerró 21 centros de Urgencia Rural. 

Nos anuncia el cierre de Extremadura si cierra Almaraz pero se opuso a la construcción de una Refinería. Al parecer, la sanidad es una catástrofe cuando él fue el responsable de cierres de centros en el mundo rural. 

Preocupado con la alcaldía de Badajoz y Cáceres, y con el arreón de Ciudadanos, presintiendo que el poder es efímero, amenaza con un farol a los extremeños con exiliarse en Portugal si Vara obtiene mayoría absoluta. No caería esa breva. Habría colecta universal para pagarle el billete sin necesidad de utilizar el medio que él sabe. ¡Quiá, Monago!. Lo tuyo es el Senado, en el mejor de los casos.  
 Otros artículos de mi blog relacionados con empleo:

sábado, 18 de agosto de 2018

Memoria familiar: La huida de Illescas. 1936



 Cada día que pasa, Madrid se convierte en un refugio más escaso. El avance del ejército rebelde ha sido rápido. La misma respuesta de represión y huida que se había producido en la Andalucía occidental y en Extremadura, se repite en la zona septentrional de la provincia de Toledo. Confrontación desorganizada y escapada rápida hacia la capital de España. 

Muchos años después comienzo a comprender la historia que me cuenta mi madre sobre la huida de Illescas de toda su familia. Es el 18 de octubre de 1936; un día como otro cualquiera en el que mi abuelo Regino sale en dirección a Toledo a vender sus cacharros.
--Nuestra casa estaba a la entrada del pueblo y al lado de la carretera. Veo el carro del abuelo a toda velocidad, a una hora que no era habitual su regreso. –dice mi madre-. –Viene gritando según va entrando en el pueblo: “Hay que irse rápido a Madrid”. -Al llegar el abuelo me pide que llame a todos los hermanos y a mi madre.
--¿Y tú qué edad tenías, mamá?
   --Tenía unos cinco añitos. Nunca se me olvidará la cara desencajada de tu abuelo. Parecía como si hubiera visto al diablo. En pocas horas cerramos la casa y la posada, preparamos el carro con ropa en las maletas, colchones y algunas sillas, reunimos el ganado disponible y echamos a andar. No solo fue nuestra familia. Recuerdo toda la calle con mujeres y hombres entrando y saliendo de sus casas haciendo lo mismo que estábamos haciendo nosotros.
--¿Y luego que hicisteis?
--Salir del pueblo dirección a Madrid. El abuelo iba contando a tu abuela que se había dado la vuelta en mitad de la carretera al encontrarse con otras familias que ya iban camino de Madrid. Decía que las tropas moras entraban en los pueblos matando a la gente y violando a las mujeres.

En mi adolescencia, se repite el relato de la guerra en encuentros familiares o comidas de celebraciones cuando coincidimos con mis tíos. Cada uno de ellos revive y narra la huida del pueblo en un carro tirado por caballos, azuzados muchas veces por el paso de la aviación franquista tratando de sembrar el desconcierto entre cientos de familias que escapan a toda prisa. Con mis abuelos Regino y Lucia y sus cuatro criaturas, José, Paca, Lucia y María salen de Illescas más de mil ochocientas personas. Allí no queda más de un veinte por ciento de la población, que por su posición social o de ideas aplauden el golpe militar. Entre ellos, "Las Vellonas", las ricachonas del pueblo. 

Toda esta información la voy ordenando con el paso de los años porque cada información que registro a vuela pluma me provoca una pregunta más: consigo diferenciar personajes, construyo mentalmente el mapa de la huida, sitúo temporalmente los hechos, voy añadiendo perfiles, actitudes y valores a unos y otros. Imagino lo que tuvo que ser para mi familia escapar en estampida del miedo acumulado por las noticias de violencia que llegan a sus oídos.

Las noticias sobre la violencia vivida en ciudades como Badajoz, el catorce de agosto, genera una psicosis colectiva según avanzan las desatadas tropas moras de Franco. Hay que hacer pagar que unos meses antes, el 25 de marzo, sesenta mil jornaleros de Extremadura con sus azadas, hubiesen tomado tres mil fincas en 280 pueblos de la región. La reforma de la tierra anunciada por la República no podía esperar más. Llega la venganza de los señoritos por medio de sus lacayos.

Se produce la “Masacre de Badajoz”. Si conocidos, son los nombres de Guernika, Jarama, Belchite, o Teruel, la historia parece no querer recordar la muerte de más de ocho mil personas; la mitad de ellas en la plaza de toros de los pacenses.  

Entre Franco y Madrid, superado el frente de Extremadura, las fuerzas rebeldes se han detenido a las puertas de Talavera, porque se consigue en pueblos como Calera y Velada aglutinar resistencia donde los milicianos están bien pertrechados, aunque una vez tomado el Castillo de Oropesa, el camino prácticamente queda libre para las tropas fascistas del comandante Castejón y el teniente coronel Asensio. En los primeros días de septiembre se toma la ciudad de Talavera de la Reina que cuenta con mucho ejército pero con escasa munición.

Una decisión no esperada, de última hora, cambia el rumbo y la suerte para la familia de mi madre. Al llegar las tropas franquistas a Maqueda, cuando todo hace pensar que seguirán avanzando hacia Madrid por la carretera de Extremadura, Franco ordena dividir las fuerzas militares y hacer un desvío hacia Toledo, donde el Alcázar esta sitiado por las milicias republicanas. Ese hecho inesperado es decisivo para provocar la desbandada en todos aquellos pueblos, entre los que estaba Illescas, cercanos a la capital manchega.

La evacuación a Madrid no deja de ser accidentada en ningún momento como consecuencia de la concentración de mujeres, niños y ancianos en la carretera. Cargados con los enseres más necesarios se disponen a enfrentar una ciudad que no está organizada para recibir y dar respuestas a gentes que acaban de perderlo todo.

En el caso del abuelo Regino, a rebufo del carro, ha conseguido reunir una decena de vacas lecheras. La primera noche la pasan en Yeles. Un primo de mi abuelo los resguarda en una fábrica de cemento donde trabaja como encargado. Ese día, no recorren más de cinco kilómetros fruto del caos que se organiza en la carretera. Una vecina de Chozas que les acompaña rompe aguas y pare una criatura. Las siguientes paradas son en Parla y Getafe antes de entrar en Vallecas. Allí consigue vender las vacas y finalmente entran en la capital. Con el dinero obtenido, pueden “trampear” la situación durante los primeros meses de su huida y solventar el día a día.

Tras unos días durmiendo en las cercanías de la estación de trenes de Madrid, consiguen una casa compartida con otros familiares que les proporcionan cobijo en el barrio de Cascorro. La situación en la capital es muy convulsa e insegura. Los bombardeos provocan un estado de alarma permanente. Las idas y venidas a los refugios al metro se repiten con asiduidad. Es en una de las largas estancias en estos refugios donde mi abuelo Regino cae en la cuenta que la República está recogiendo a criaturas para sacarlas de Madrid, siendo separadas de sus padres. Y esto decide a la familia a buscar una alternativa fuera de allí.

Mi abuela Lucia tiene un hermano comandante de la república en Valencia, Antonio Borrajo que les apremia a ir a Alcoy donde dispone de vivienda para toda la familia. Venden todos los enseres que tienen y se trasladan en tren finalmente a Valencia. Allí, les espera un tiempo de vida familiar y la mejor manera de pasar una guerra. Con otras dos familias, el tío de mi madre, les acomoda en una masía que ha sido abandonada con prisas por su propietario. Seguro que por su clase social era un desafecto a la República.

La casa es amplia, sus paredes están estucadas y el mobiliario es abundante y lujoso. Tiene un jardín amplio rodeado de naranjos con un horno de leña donde mi abuela Lucía hace pan anisado que mi madre recuerda como el mejor pan que nunca haya comido. La casa se encuentra muy cerca de la localidad de Alcoy.  Recuerda aquellos años de cierta tranquilidad, acudiendo a la escuela. La normalidad solo se interrumpe cuando llegan los aviones del ejercito rebelde; entonces acuden a un túnel que hay muy cerca de la casa para refugiarse.

En la plaza del pueblo hay un mercado al aire libre donde mi abuela vende pan que hace todos los días. El abuelo, pronto se da mañas para hacer lo que sabe hacer; comprar y vender, o mejor dicho hacer trueque. Compra aceite, luego lo cambia por arroz o por trigo. Él es el mejor proveedor de la familia. Cuando la guerra está a punto de terminar, en aquella misma plaza, que dispone de un sistema de megafonía, mi madre escucha una y otra vez una frase del Presidente Negrín que la crea incertidumbres entonces y que me repite a lo largo de la vida: “Hermanos, resistid con pan o sin pan”.

Una vez llega el final de la guerra, la familia vuelve a Illescas para retomar su vida. Llegan sin una silla. Acuden a la posada de donde tres años antes salieron con urgencias. La posada es un perímetro de paredes derruidas y con la techumbre caída en su totalidad. Nada de lo que había, está. Nada de lo que era, es.

Mis abuelos tienen un pequeño huerto a las afueras del pueblo y allí se dirigen. Hay un caseto de aperos que sirve para volver a empezar. Al llegar allí, mi abuelo compone un proyecto de mesa a base de cajones que consigue ensamblar. No hay sillas. El suelo es su descanso. Comienza un tiempo donde el hambre va a ser un certero compañero. Pasan los días y observa cómo aquellos que se quedaron en el pueblo se repartieron el botín de la posada y su terruño: “Esas herramientas son mías”, “Ese arado es el que yo tenía y esa es mi mula Lola”. Pero el miedo cierra su boca. A los pocos días de llegar al pueblo es detenido. Le han confundido con su hermano, un comprometido republicano del pueblo.   

La micro historia de la familia Durán-Borrajo, la familia de mis abuelos, ha comenzado. A través de la boca de mi madre me adentro. A través de ella; con preguntas que me asaltan obsesivamente. Respuestas inconclusas para tratar de cerrar un círculo de unos hechos que han determinado, sin duda, nuestras biografías; la de mis padres, la mía y la de mi hijo. 

martes, 31 de julio de 2018

Memoria familiar: Calle del Sol de Plasencia




Mi padre forma parte de una generación de comerciantes que ha iniciado sus negocios en la misma época; sobre los años cincuenta. Su sastrería se encuentra en el medio de la calle del Sol, que parte de una de las antiguas puertas de la ciudad. La orientación al este del arco de entrada a la calle, consigue la orientación precisa para recibir el sol  y la ventilación con toda su fuerza. De esta forma, sus rayos penetran a lo largo de ella hasta desembocar en la plaza mayor.

La sastrería, con amplios escaparates, situada en un chaflán en la encrucijada de la calle más comercial de Plasencia, se convierte en un excelente mirador para fisgonear y adentrarme en el pulso diario de mi pueblo. Con el paso del tiempo puedo hacer una disección sobre la vida de sus habitantes; sobre sus prisas, sus pasiones, sus relaciones, sus aburrimientos, sus fracasos o sus rutinas. Algunos, con su forma de andar van anunciando su tedio; no saben qué hacer con su tiempo. Otros, van anunciando que quieren hilar la hebra con quién se tercie y les cuesta, dios y ayuda, avanzar cincuenta metros. Y los tenderos de la calle, que van y vienen con paso ligero.

Mirada que se excita con la vida atropellada de los que aman y ríen, también de los que corren. ¿O ya no nos acordamos del joven “chico vespa”?. Tendría la docena de años pasada, trabajaba en una pescadería del mercado de la plaza y nunca podías hablar con él porque siempre iba corriendo. Gesticula como sin condujese una moto y hace un ruido preciso y en consonancia con los cambios de marcha, acompasados con la velocidad que imprime a sus piernas. Cuando le molesta los viandantes y ve peligro de colisión siempre reproduce el sonido de un claxon. Era divertido y respetable ver la profesionalidad y la pasión que ponía en ello. De la noche a la mañana todos le echamos en falta y después de tantos años seguimos preguntándonos: ¿Qué habrá sido de él?

Situados a la izquierda de la tienda de mi padre, se encuentra la peletería Curto, el Bar La Ría, las librerías de Maillo y Cervantes, Sastrería Gil, deportes Calza, pastelería Arenas, confecciones Simón Sánchez, el ultramarino Vega y Muebles Sánchez. Frente a su establecimiento, la relojería Vegas, la óptica Alegre y el ultramarino a la vieja usanza de García Matos. A su diestra, una fuente que hoy se mantiene y a su lado la frutería de un emigrante retornado de Francia al que mi padre le llama Kubala, por su enorme parecido al jugador del Barça. Junto a él la mercería Luis, los Hermanos Fuentes con tiendas de confecciones especializadas en comuniones y bodas, la zapatería Alcón, la ferretería Sol, la farmacia Virgen del Puerto, la comisaría de policía y confecciones Caballero. Y en la calle que lleva a la iglesia San Pedro, la pastelería de los Urbanos, donde yo me compraba unos pepitos de crema por dos cincuenta pesetas que podría rememorar como hizo Marcel Proust con su madalena, Luis, el zapatero y la armería Arias.

La calle tiene una impronta de vitalidad favorecida por el paso obligado de los comarcanos que suben y bajan de los autobuses de la estación de Félix Sánchez que se encuentra a la salida del arco de la Puerta del Sol. Sin tener una asociación de comerciantes estable, todos ellos mantienen una relación de ayuda y convivencia, compartiendo la vida cotidiana en una ciudad de provincia con inflación de curas con sus dos seminarios y de militares con su cuartel del ejército.

Casi todos son negocios familiares y la mayoría son atendidos por padres e hijos. Podría hacer una enumeración entrañable de cada uno de los nombres de toda la chavalería que rondábamos por los comercios de nuestros padres intentando echar una mano y no acabaría. Con el paso del reloj comercial fue tan solo una minoría la que acabó resistiendo tomando el relevo del negocio. En los noventa se notaba que había pasado el momento y la nueva  realidad de los centros comerciales, las marcas anclas, y las franquicias hizo el resto. Aquel universo afectivo y fraterno terminó llevándoselo el tiempo.



lunes, 30 de julio de 2018

Memoria familiar: La Isla de Plasencia, en los sesenta.




En las tardes noches de verano, cuando no dejan de cantar las chicharras, las familias acuden, como si fuera una romería, a un espacio de recreo de Plasencia denominado “La Isla”, con una rica arboleda de chopos. Llegamos desde el Puente Trujillo, por el "Cachón", por el "Caño Soso" o por el Puente Viejo.

Tras la siesta obligada, comenzamos a ocuparla en toda su extensión. Allí, se distribuyen por afinidades y amistades y compartimos las tortillas, el pisto de verano o el gazpacho extremeño.

Hasta que se esconde el sol por el oeste y llega la hora de la cena, las criaturas nos juntamos en determinados espacios del río a bañarnos, algunos valientes se escapan a la pesquera y otros siguen, muy atentos, las maniobras de los areneros que sacan del río tierra muy preciada para la construcción. Arena que sirve para hacer morteros mezclada con cal, para las propias huertas de la ribera del río o para hacer las camas de los animales. Utilizan una plataforma flotante sobre cuatro bidones para poder desplazarse por el agua con ayuda de una pértiga y encontrar los filones de arena que la erosión granítica de la fuerza del agua deja al llegar el remanso del río. Nos preguntamos por el esfuerzo hercúleo de clavar la pala en el fondo del río, sacar la arena y distribuirla hábilmente para no desestabilizar la plataforma. 



Mientras, nuestras madres extiende manteles con cuadros rojos, negros y blancos, compartidos y vecinales, donde socializamos el día a día. Cuando empieza a anochecer llegan los padres que salen del trabajo y forman pequeños grupos hablando de fútbol, del cartel de toreros para las ferias de septiembre o  de lo parado que está el comercio a determinadas horas de la tarde. 

La noche, el río y las sombras de los chopos calman la sed de otro verano caluroso y sólo cuando los chavales buscamos el arrullo de nuestros padres comienzan las despedidas hasta el día siguiente. En el aire sigue prendiendo el olor absoluto a poleo y el croar de las ranas, ya más tranquilas, porque la muchachería se ha retirado a dormir.