miércoles, 30 de octubre de 2019

Memoria Familiar: Barcelona, 6 y 7 de septiembre de 2017




En este inicio de septiembre, la tensión se siente en la ciudad. Muchas madrugadas me despierto con gritos en la calle de micro manifestaciones que gritan “in-de-pen-den-cia”. A cualquier hora y en cualquier espacio cotidiano, las esteladas arropan las espaldas de cientos de personas de todas las edades y condiciones. Las plazas son tomadas por grupos de estudiantes con camisetas, pancartas y cartelería reclamando “llibertat”, “volem botar”, “democracia”...

Fijo mi atención en la expresividad de sus rostros y les envuelve una euforia que les conduce a una felicidad cercana a la levitación, que me recuerda a los estados pasionales de mi juventud cuando no había límites para las utopías y ensoñaciones. La Diada promete un despliegue mediático acorde con el activismo de la calle, más si cabe con la decisiones tomadas en el parlament el seis y siete de septiembre.



Todos los errores cometidos ya se han producido, y nos perderíamos en su génesis. Las guerras siempre comienzan antes de disparar la primera bala. Los desencuentros no nacen en un momento, se van gestando generación a generación, elaborándose un relato extremo, interesado, mágico, que acaba en consecuencias nefastas. Las élites, sean de donde sean, optan por el tacticismo cortoplacista para afianzar sus correspondientes cuotas de poder.

El rebrote del conflicto comenzó con un pirómano recogiendo firmas contra la reforma del Estatuto. Su recurso posterior al Tribunal Constitucional, y decenas de maniobras para su desnaturalización, fueron lógicamente entendidas  por el nacionalismo catalán como una confrontación y por lo tanto como madera suficiente para encender la caldera que tanto juego les ha dado a ambas opciones.

Habían sido tiempos de bonanza; Zapatero gobernaba retirando las tropas de Irak, legalizaba el matrimonio homosexual, implementaba su acierto social con la ley de la dependencia y de la igualdad, nueva regularización de inmigrantes, juzgados para la violencia de género, inicio del proceso de paz de la banda de ETA... El PP, con su "España se rompe", intentaba encontrar su espacio y lo encontró. También el nacionalismo catalán entendió que la "guerra de banderas" era una oportunidad, sobre todo cuando acuciaba la crisis y los recortes que vendrían anunciaban una revuelta social contra las instituciones y se concluía la implicación corrupta de la familia Pujol, más la de Convergencia, en la "masía" catalana durante más de tres décadas con el famoso "tres per cent". 

El gobierno de Artur Mas se puso a la vanguardia, con el soporte del PP, en los tijeretazos que sin complejos se extendía por toda España pero con la habilidad de dar un giro en el 2012 hacia el independentismo obteniendo la desviación del tiro con el argumento sabido de "España nos roba". El día que salió Mas del parlament en helicóptero lo vió claro. A partir de aquí, vuelta al rearme tribal y recuperación de los mitos sobre el maltrato a Cataluña.

La razón lleva a recovecos insalvables, siendo más manipulable la utilización de las emociones para poder justificar una Ley de Referéndum unilateral y una Ley de Transitoriedad con agresiones no solo a la Constitución, que Cataluña aprobó vehementemente por encima de la media de España, sino a su propio "Estatut de Catalunya", despreciando un cuarenta y ocho por ciento de la representación parlamentaria refrendada por el cincuenta y dos por ciento de los catalanes.

El 6 y 7 de septiembre hubo un exceso de astucia, tacticismo, déficit en la gestión de las expectativas generadas y una voz, la de Joan Coscubiela, que trasladó al parlament finura dialéctica y ética. El fin no legitima los medios y la defensa de la libertad siempre debe expresarse con el respeto a las minorías. En palabras suyas, “Lluis Rabell fue el instigador de esa intervención, Rosa Luxemburgo su ideóloga y Noberto Bobbio su inspirador”.

Cada parte, en lugar de hacer política hace relatos para ganar el 1-O, aunque al día siguiente la realidad sustituya a la ilusión condicionada y haya que dar respuestas tangibles a la deuda catalana o la más que evidente fragmentación social. Personas con otros hechos diferenciales, otras identidades y sentimientos, somos al menos igual de pacíficos, igual de maltratados  por la historia o por esa otra "España" sectaria y antigua que entre todos debemos de transformar porque la sufrimos. Unos, mucho más que otros. Pinta mal e, irresponsablemente, algunos "patriotas" juegan a un traicionero farol. ¡Lo pagaremos!




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