lunes, 30 de julio de 2018

Memoria familiar: La Isla de Plasencia, en los sesenta.




En las tardes noches de verano, cuando no dejan de cantar las chicharras, las familias acuden, como si fuera una romería, a un espacio de recreo de Plasencia denominado “La Isla”, con una rica arboleda de chopos. Llegamos desde el Puente Trujillo, por el "Cachón", por el "Caño Soso" o por el Puente Viejo.

Tras la siesta obligada, comenzamos a ocuparla en toda su extensión. Allí, se distribuyen por afinidades y amistades y compartimos las tortillas, el pisto de verano o el gazpacho extremeño.

Hasta que se esconde el sol por el oeste y llega la hora de la cena, las criaturas nos juntamos en determinados espacios del río a bañarnos, algunos valientes se escapan a la pesquera y otros siguen, muy atentos, las maniobras de los areneros que sacan del río tierra muy preciada para la construcción. Arena que sirve para hacer morteros mezclada con cal, para las propias huertas de la ribera del río o para hacer las camas de los animales. Utilizan una plataforma flotante sobre cuatro bidones para poder desplazarse por el agua con ayuda de una pértiga y encontrar los filones de arena que la erosión granítica de la fuerza del agua deja al llegar el remanso del río. Nos preguntamos por el esfuerzo hercúleo de clavar la pala en el fondo del río, sacar la arena y distribuirla hábilmente para no desestabilizar la plataforma. 



Mientras, nuestras madres extiende manteles con cuadros rojos, negros y blancos, compartidos y vecinales, donde socializamos el día a día. Cuando empieza a anochecer llegan los padres que salen del trabajo y forman pequeños grupos hablando de fútbol, del cartel de toreros para las ferias de septiembre o  de lo parado que está el comercio a determinadas horas de la tarde. 

La noche, el río y las sombras de los chopos calman la sed de otro verano caluroso y sólo cuando los chavales buscamos el arrullo de nuestros padres comienzan las despedidas hasta el día siguiente. En el aire sigue prendiendo el olor absoluto a poleo y el croar de las ranas, ya más tranquilas, porque la muchachería se ha retirado a dormir.



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