sábado, 22 de septiembre de 2018

1974. Una tarde en Paris con Silvia Kristell


Es julio de 1974. Edu, Paco y yo, tenemos 18 años. Desde el Arco del Triunfo vamos bajando hasta la Plaza de la Concordia; la de la reconciliación tras darle gusto a la hoja fina de la guillotina para María Antonieta y Robespierre. Cae la tarde haciéndonos fotos en la que fue Plaza de la Revolución, junto al Obelisco o en los Jardines de las Tullerías, pasando el tiempo y viendo las carteleras de espectáculos, galerías de pinturas, almacenes y grandes marcas comerciales de esta avenida ampulosa. 

Nos topamos con un cine y sorpresa: ¡Enmanuelle!   Allí está Silvia Kristel, sentada sobre un sillón de junquillo, que la corona como la icónica emperatriz del sexo en que se ha convertido. Mimosa e inocente parece morder las perlas de la fantasía que sostiene en su mano como invitándonos a poseerla, aunque solo sea visualmente. Sus pechos son las manzanas del pecado que arrastramos desde que nos encontramos, por casualidad, con el placer. Y sus piernas, deshinibidamente cruzadas y abiertas, nos arrojan, y no hay ninguna red salvadora, a un tiempo de ensoñación lujuriosa de la que ningún censor nos puede salvar.  
--Es un momento histórico, compañeros
--Ni un paso atrás, Paco.
--Tenemos también la opción de la Naranja Mecánica. -En una sala paralela estrenaban esta otra película, también prohibida en España-. Ahora, o nunca. 
--Vamos a ver, ¿pero quién no ha oído la novena sinfonía de Beethoven? –La ocurrencia de Edu, era concluyente-.

Nunca una decisión disfrutó de mayor cohesión grupal. Se arruga la tarde que oscurece. Escasa mochila vivida para adentrarnos en los vericuetos de lo desconocido. Nos dejamos llevar por la intuición que hacemos de la mirada provocativa que nos regala Silvia Kristell. Compramos morbosamente tres entradas. Entramos al cine y un acomodador nos exije la propina. No queremos entender. Dialécticamente forcejeamos. Toda la sala ya sabe que somos españoles. Pagamos el servicio o nos vamos a la calle. Pagamos y nos sentamos. Nuestras cabezas, se depositan sobre las butacas del cine, entrando en un fantaseado bucle que nos hemos regalado en una noche de Paris. Yo, me he sentado en medio de Edu y Paco. Se apagan las luces. ¡Todos saben que somos españoles!.

El cuerpo de Silvia, nos incendia en un sueño de noventa y dos minutos. Se nos viene una voz musicada, enigmática y seductora. Una voz cercana, de esas que te hacen sucumbir. Nos reponemos de la solidez sonora que la sitúa en una posición de ventaja. Ella, domina el escenario.

Un picardía no puede evitar el dibujo mágico de su arquitectura perfecta, un corpiño ajustado no puede ocultar el anuncio de un festín de pechos. Se aceleran los deseos por su desnudo. Sus escasas bragas son una invitación a despojarle, cuanto antes, de ellas. Imaginamos invadir su cama, devorándonos pulsiones innatas en nuestras encendidas entrepierna de inberbes adolescentes. Inevitable calentura pronunciada. Creo que se oye el latido de nuestros corazones en toda la sala, pero no importa porque ya todos saben que somos españoles. Nuestra mente calenturienta ha sido descubierta. Miro a mi izquierda y veo unos ojos fijos que brillan hacia el infinito, miro a mi derecha y sus ojos parece que están llorando. Doy con mi brazo izquierdo a uno, doy con mi brazo derecho al otro. ¡Pestañear es de cobardes!

La cama, la butaca, la mesa o una silla donde está Silvia se convierte en un oasis. Avanzamos gateando hacia ella y sus pechos afilan nuestras miradas. Somos un racimo de dedos multiplicados. Una inflamada lascivia segrega el momento irracional del deseo que queremos infinitamente prolongado. Volvemos a viajar por sus laderas y nuestras lenguas se agitan por la superficie de sus corolas que terminan durmiéndose en los pezones regalados que nos hacen levitar. Regalo de la fantasía en un desgobierno planetario en este más que tardío descubrimiento. En España, alguien nos ha contando un cuento. 

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