sábado, 18 de agosto de 2018

Memoria familiar: La huida de Illescas. 1936



 Cada día que pasa, Madrid se convierte en un refugio más escaso. El avance del ejército rebelde ha sido rápido. La misma respuesta de represión y huida que se había producido en la Andalucía occidental y en Extremadura, se repite en la zona septentrional de la provincia de Toledo. Confrontación desorganizada y escapada rápida hacia la capital de España. 

Muchos años después comienzo a comprender la historia que me cuenta mi madre sobre la huida de Illescas de toda su familia. Es el 18 de octubre de 1936; un día como otro cualquiera en el que mi abuelo Regino sale en dirección a Toledo a vender sus cacharros.
--Nuestra casa estaba a la entrada del pueblo y al lado de la carretera. Veo el carro del abuelo a toda velocidad, a una hora que no era habitual su regreso. –dice mi madre-. –Viene gritando según va entrando en el pueblo: “Hay que irse rápido a Madrid”. -Al llegar el abuelo me pide que llame a todos los hermanos y a mi madre.
--¿Y tú qué edad tenías, mamá?
   --Tenía unos cinco añitos. Nunca se me olvidará la cara desencajada de tu abuelo. Parecía como si hubiera visto al diablo. En pocas horas cerramos la casa y la posada, preparamos el carro con ropa en las maletas, colchones y algunas sillas, reunimos el ganado disponible y echamos a andar. No solo fue nuestra familia. Recuerdo toda la calle con mujeres y hombres entrando y saliendo de sus casas haciendo lo mismo que estábamos haciendo nosotros.
--¿Y luego que hicisteis?
--Salir del pueblo dirección a Madrid. El abuelo iba contando a tu abuela que se había dado la vuelta en mitad de la carretera al encontrarse con otras familias que ya iban camino de Madrid. Decía que las tropas moras entraban en los pueblos matando a la gente y violando a las mujeres.

En mi adolescencia, se repite el relato de la guerra en encuentros familiares o comidas de celebraciones cuando coincidimos con mis tíos. Cada uno de ellos revive y narra la huida del pueblo en un carro tirado por caballos, azuzados muchas veces por el paso de la aviación franquista tratando de sembrar el desconcierto entre cientos de familias que escapan a toda prisa. Con mis abuelos Regino y Lucia y sus cuatro criaturas, José, Paca, Lucia y María salen de Illescas más de mil ochocientas personas. Allí no queda más de un veinte por ciento de la población, que por su posición social o de ideas aplauden el golpe militar. Entre ellos, "Las Vellonas", las ricachonas del pueblo. 

Toda esta información la voy ordenando con el paso de los años porque cada información que registro a vuela pluma me provoca una pregunta más: consigo diferenciar personajes, construyo mentalmente el mapa de la huida, sitúo temporalmente los hechos, voy añadiendo perfiles, actitudes y valores a unos y otros. Imagino lo que tuvo que ser para mi familia escapar en estampida del miedo acumulado por las noticias de violencia que llegan a sus oídos.

Las noticias sobre la violencia vivida en ciudades como Badajoz, el catorce de agosto, genera una psicosis colectiva según avanzan las desatadas tropas moras de Franco. Hay que hacer pagar que unos meses antes, el 25 de marzo, sesenta mil jornaleros de Extremadura con sus azadas, hubiesen tomado tres mil fincas en 280 pueblos de la región. La reforma de la tierra anunciada por la República no podía esperar más. Llega la venganza de los señoritos por medio de sus lacayos.

Se produce la “Masacre de Badajoz”. Si conocidos, son los nombres de Guernika, Jarama, Belchite, o Teruel, la historia parece no querer recordar la muerte de más de ocho mil personas; la mitad de ellas en la plaza de toros de los pacenses.  

Entre Franco y Madrid, superado el frente de Extremadura, las fuerzas rebeldes se han detenido a las puertas de Talavera, porque se consigue en pueblos como Calera y Velada aglutinar resistencia donde los milicianos están bien pertrechados, aunque una vez tomado el Castillo de Oropesa, el camino prácticamente queda libre para las tropas fascistas del comandante Castejón y el teniente coronel Asensio. En los primeros días de septiembre se toma la ciudad de Talavera de la Reina que cuenta con mucho ejército pero con escasa munición.

Una decisión no esperada, de última hora, cambia el rumbo y la suerte para la familia de mi madre. Al llegar las tropas franquistas a Maqueda, cuando todo hace pensar que seguirán avanzando hacia Madrid por la carretera de Extremadura, Franco ordena dividir las fuerzas militares y hacer un desvío hacia Toledo, donde el Alcázar esta sitiado por las milicias republicanas. Ese hecho inesperado es decisivo para provocar la desbandada en todos aquellos pueblos, entre los que estaba Illescas, cercanos a la capital manchega.

La evacuación a Madrid no deja de ser accidentada en ningún momento como consecuencia de la concentración de mujeres, niños y ancianos en la carretera. Cargados con los enseres más necesarios se disponen a enfrentar una ciudad que no está organizada para recibir y dar respuestas a gentes que acaban de perderlo todo.

En el caso del abuelo Regino, a rebufo del carro, ha conseguido reunir una decena de vacas lecheras. La primera noche la pasan en Yeles. Un primo de mi abuelo los resguarda en una fábrica de cemento donde trabaja como encargado. Ese día, no recorren más de cinco kilómetros fruto del caos que se organiza en la carretera. Una vecina de Chozas que les acompaña rompe aguas y pare una criatura. Las siguientes paradas son en Parla y Getafe antes de entrar en Vallecas. Allí consigue vender las vacas y finalmente entran en la capital. Con el dinero obtenido, pueden “trampear” la situación durante los primeros meses de su huida y solventar el día a día.

Tras unos días durmiendo en las cercanías de la estación de trenes de Madrid, consiguen una casa compartida con otros familiares que les proporcionan cobijo en el barrio de Cascorro. La situación en la capital es muy convulsa e insegura. Los bombardeos provocan un estado de alarma permanente. Las idas y venidas a los refugios al metro se repiten con asiduidad. Es en una de las largas estancias en estos refugios donde mi abuelo Regino cae en la cuenta que la República está recogiendo a criaturas para sacarlas de Madrid, siendo separadas de sus padres. Y esto decide a la familia a buscar una alternativa fuera de allí.

Mi abuela Lucia tiene un hermano comandante de la república en Valencia, Antonio Borrajo que les apremia a ir a Alcoy donde dispone de vivienda para toda la familia. Venden todos los enseres que tienen y se trasladan en tren finalmente a Valencia. Allí, les espera un tiempo de vida familiar y la mejor manera de pasar una guerra. Con otras dos familias, el tío de mi madre, les acomoda en una masía que ha sido abandonada con prisas por su propietario. Seguro que por su clase social era un desafecto a la República.

La casa es amplia, sus paredes están estucadas y el mobiliario es abundante y lujoso. Tiene un jardín amplio rodeado de naranjos con un horno de leña donde mi abuela Lucía hace pan anisado que mi madre recuerda como el mejor pan que nunca haya comido. La casa se encuentra muy cerca de la localidad de Alcoy.  Recuerda aquellos años de cierta tranquilidad, acudiendo a la escuela. La normalidad solo se interrumpe cuando llegan los aviones del ejercito rebelde; entonces acuden a un túnel que hay muy cerca de la casa para refugiarse.

En la plaza del pueblo hay un mercado al aire libre donde mi abuela vende pan que hace todos los días. El abuelo, pronto se da mañas para hacer lo que sabe hacer; comprar y vender, o mejor dicho hacer trueque. Compra aceite, luego lo cambia por arroz o por trigo. Él es el mejor proveedor de la familia. Cuando la guerra está a punto de terminar, en aquella misma plaza, que dispone de un sistema de megafonía, mi madre escucha una y otra vez una frase del Presidente Negrín que la crea incertidumbres entonces y que me repite a lo largo de la vida: “Hermanos, resistid con pan o sin pan”.

Una vez llega el final de la guerra, la familia vuelve a Illescas para retomar su vida. Llegan sin una silla. Acuden a la posada de donde tres años antes salieron con urgencias. La posada es un perímetro de paredes derruidas y con la techumbre caída en su totalidad. Nada de lo que había, está. Nada de lo que era, es.

Mis abuelos tienen un pequeño huerto a las afueras del pueblo y allí se dirigen. Hay un caseto de aperos que sirve para volver a empezar. Al llegar allí, mi abuelo compone un proyecto de mesa a base de cajones que consigue ensamblar. No hay sillas. El suelo es su descanso. Comienza un tiempo donde el hambre va a ser un certero compañero. Pasan los días y observa cómo aquellos que se quedaron en el pueblo se repartieron el botín de la posada y su terruño: “Esas herramientas son mías”, “Ese arado es el que yo tenía y esa es mi mula Lola”. Pero el miedo cierra su boca. A los pocos días de llegar al pueblo es detenido. Le han confundido con su hermano, un comprometido republicano del pueblo.   

La micro historia de la familia Durán-Borrajo, la familia de mis abuelos, ha comenzado. A través de la boca de mi madre me adentro. A través de ella; con preguntas que me asaltan obsesivamente. Respuestas inconclusas para tratar de cerrar un círculo de unos hechos que han determinado, sin duda, nuestras biografías; la de mis padres, la mía y la de mi hijo. 

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