lunes, 12 de abril de 2021

Cáceres, septiembre 1975




En los primeros días de septiembre llego a Cáceres a estudiar magisterio. En la entrada capitalina, el autobús me deja en la estación que hay frente a la gasolinera. Cerca de allí, al lado del cine Astorias, localizo el piso que hemos alquilado entre varios colegas. Es un tercero con una terraza prometedora para las tardes y, sobre todo, las noches de primavera. Ojeo las habitaciones y todo me parece maravilloso. No hay nadie aún y bajo a la plaza a otear el ambiente. Creo recordar que es la tercera vez que piso sus calles. Me siento en las escaleras que hay debajo del Arco de la Estrella, a la sombra de la torre Bujaco, y mientras como pipas, veo el paso de la gente, los corrillos de jóvenes, hombres y mujeres que nutren las terrazas de los bares. La plaza se presenta como una foto en sepia de lo que fenece y una refrescante postal de lo que parece que viene.  

Una hilera de estudiantes hace cola en el locutorio de telefónica, al lado del ayuntamiento. Se nota el paseo relajado de funcionarios con bigote, acompañados de sus parejas, sin abandonar la corbata, el traje y los zapatos castellanos. Algún cura con sotana y sombrero, como el de un picador, atraviesa la plaza con paso decidido, llevando en su mano un misal; posiblemente para ofrecer sus servicios en alguna extremaunción o rezar el rosario en alguna casa señorial. Pero lo que se hacen notar son las minifaldas ajustadas a la cintura, los pantalones acampanados, blusas estampadas de flores y colores gritando libertad, cabellos de largas enredaderas y bandoleras anchas al hombro fáciles para desenfundar. Jóvenes con pronunciadas barbas, con vaqueros o pantalones de pana, que huelen su final de carrera y pollinos despistados, como yo, viendo pasar el tiempo plaza arriba, plaza abajo.

En una de las columnas de los soportales observo un dibujo del “Generalísimo”, con pintura negra impreso en la región de granito,  que debe ser de los tiempos de posguerra, con la leyenda: “Franco Vive”. ¡Como si no lo supiéramos! ¡Espero que sea por poco tiempo! Absorto en el graffiti, imagino una vez más cómo será todo tras su muerte. Hace tiempo que me interpela una pregunta: ¿Cómo se hace la revolución? La revolución de la que llevamos hablando tanto tiempo para acabar con un país colapsado y antiguo. Seguro que distribuir la tierra para el que la trabaja no será fácil. Los patrones cuando se les diga que tienen que distribuir los beneficios, dirán que una leche. Y lo de nacionalizar la banca debe ser complicado de cojones... Si hace algunos meses, el célebre Cabo Píriz hizo retirar del escaparate de la librería Figueroa una lámina de la Maja desnuda de Goya, me temo que fácil no va a ser. Me falta fantasía para armar una respuesta coherente. Tampoco tengo por qué tener yo todas las soluciones, ni los pasos que debe seguir una revolución bien hecha. Como dirían mis amigos “pecerolos”, en Cáceres no hay condiciones objetivas para hacerla. ¡Hay que crearlas! ¿Y cómo se crean?

El círculo de cáscaras que se amontonan a mi alrededor se hace más pronunciado por momentos mientras siento un respiro porque al menos la parálisis del año que ha transcurrido sin estudiar ha terminado. Trabajar con mi padre me ha abierto el campo focal. Al fin, he roto la soga que me ahogaba a la inercia melancólica de un cajón de sastre, aunque me ha servido para entender lo que me repetía mi viejo: "tú vas a conocer el valor de una factura". Lo mío no es el dedal, el carrete de hilo, pedalear con la máquina de coser, o la cinta métrica. Tampoco sé por qué voy a ser maestro, aunque tras leer Bajo las ruedas y Summerhill, siento una agradable sensación pensando que la escuela tiene que ser una herramienta de transformación social. De momento, hacerme maestro tiene la certeza de ser una carrera corta y esa es una premisa familiar para seguir estudiando. Entrada la noche, me entretengo viendo escaparates por la calle Pintores, enlazando hasta el Paseo de Cánovas y de allí al piso donde seguro que ya habrán llegado mis compañeros: Rafa, Cerro y Manolo. Abro la puerta y me los encuentro apiñados junto a una vieja radio, buscando la frecuencia de Radio Pirenaica o Radio Guanche Independiente. Habrá que irse enterando de cómo se crean las "condiciones objetivas" para la revolución. 

viernes, 26 de marzo de 2021

El amor en "Llámame por tu nombre"

Llámame por tu nombre, es una novela escrita por André Aciman en 2007. El contexto temporal en el que se desarrolla es el verano de 1983, en una hermosa villa de un pueblo costero de Lombardía, donde pasa los veranos la familia del profesor Pearlman, su esposa Annella y su hijo adolescente, Elio; protagonista junto a otro joven, Oliver. La novela es una reflexión sobre el autodescubrimiento vital, las promesas de lealtad en la pasión amorosa y el peso de la realidad con el paso del tiempo. Conmueve por la inmensa honestidad en los sentimientos, impactante a la hora de retratar la fusión de cuerpos y almas entre dos hombres que, pese a disfrutar de un ambiente tolerante y progresista, albergan miedos internos respecto a su sexualidad.  Sensual en su candidez y desgarradora en su sutileza, es una mágica exploración del poder del amor y del desamor. 

La novela presenta una historia de enamoramiento entre Elio Perlman, un italiano de 17 años, con Oliver, un estadounidense de 24. Es una radiografía del embelesamiento de los sentidos.  Oliver es quien ejerce el dominio sobre la relación, en tanto objeto de deseo, pero también por el hecho de ser el más experimentado de los dos. En una prosa descriptiva, el autor a través de Elio rememora lo vivido con una mezcla de nostalgia y pesar, lo que sume toda la narración en pura melancolía.

Cada verano, el padre, un profesor de cultura grecorromana, invita durante seis semanas a un estudiante a trabajar con él y a quedarse con su familia. Este año es el turno de Oliver. En la casa del profesor, sus personajes pasan el tiempo leyendo, nadando en lagos y estanques, comiendo y discutiendo sobre temas relacionados con el arte y la música. Es una casa que utilizan en verano y navidad.  El paso del verano al invierno, puede significar la metáfora del  nacimiento y extinción del ciclo sentimental.  Elio convive en total armonía con sus padres.  Esta relación armoniosa con su padre da pie a una  escena preciosa tras su viaje de tres días a Roma para despedir a Oliver. La escena es significativa porque incide en los miedos que mantiene la pasión de Elio y la seguridad que le da el padre, con un brillante diálogo entre ellos sobre lo vivido y experimentado. 

Elio transcribe música clásica, toca el piano con un virtuosismo discreto y por las noches sale a bailar, mientras da rienda suelta a su inquietud sexual con su amiga y vecina Marzia . La estancia de Oliver es la que desatará el romance intempestivo en una transgresión de orden sentimental y búsqueda de impulsos satisfechos. No desafían valores sociales establecidos con su relación. En realidad, no hay un contexto punitivo que condicione el vínculo entre los dos amantes. En ningún momento se intuyen condenas sociales, y de hecho son varias las escenas donde los padres de Elio intercambian miradas cómplices que dan por sobreentendido el atractivo mutuo entre ambos personajes en una relación efímera, pero su disolución no se percibe en términos excesivamente dramáticos, sino como condición prácticamente ineludible de una primera aproximación hacia el amor.

En determinados momentos pretende retratar, en exceso, el virtuosismo de ése mundo burgués en el que se encuentra inmersa la familia. Puede que se de una repetición preciosista cargante sobre la música y  la literatura que poco aporta al objeto central de la novela, desde mi punto de vista. 

Todas las emociones que aparecen en el enamoramiento son retratados con acierto y me he permitido la licencia de escribir en negrita una palabra al inicio de cada una de las frases que me han resultado significativas en cada uno de los cuatro capítulos. El recreamiento, casi fotográfico, de los momentos en los que el amor nos lleva mágicamente a manifestarnos tan primitivos y a la vez tan inofensivamente humanos.

El uso de la primera persona nos identifica con el perspicaz protagonista desde el principio, agonizando con él, ante el juego del ratón y el gato al que parece jugar inconscientemente con Oliver, participando con él de las incertidumbres y descubrimiento del primer amor y calándote el estado de frustración de la cruda realidad.

El proceso de enamoramiento en "Llámame por tu nombre"

Capitulo 1: Si no es Luego, ¿Cuando?

· El enamoramiento: “O quizá comenzó en la playa. O en la cancha de tenis. O durante nuestro primer paseo juntos el primer día que estuvo aquí cuando me pidieron que le enseñase la casa y los alrededores y, una cosa llevó a la otra,… Reconozco el deseo cuando lo veo y así, sin embargo, esta vez, se me pasó por completo”.

· El juego: “Cuando terminé de presentar mi transcripción, me percaté de una intensa mirada que me llegaba por la izquierda. Me sentí emocionado y halagado; obviamente estaba interesado en mí, le gustaba. No había sido tan complicado al final. Pero cuando por fin, después de mi turno, me giré para examinarlo y ver su mirada, descubrí un semblante frío y helador; algo a la vez hostil y vitrificante que rozaba la crueldad.

· El miedo: “Hoy el dolor, las esperanzas, la excitación de lo novedoso, la promesa de tanta dicha rondando las puntas de los dedos, el deambular entre gente que podía llegar a malínterpretar pero que no quería perder y por lo tanto debía hacer constantes conjeturas, el ingenio desesperado que le brindo a todo el mundo que quiero y deseo que me quiera, las separaciones que intercalo entre el mundo y yo que no son sólo una, sino una serie de capas de puertas deslizables de papel de arroz, el impulso por codificar y descodificar lo que ni siquiera estuvo jamás en código. Todo esto comenzó el verano en el que Oliver llegó a nuestra casa

· La seducción: “Sabía perfectamente qué fragmento de la pieza le iba a conmover la primera vez que lo tocase y todas las demás veces que lo oyese. Se lo estaba enviando como un pequeño regalo pues en realidad iba dedicado a él, como señal de algo muy bonito en mí que no hacía falta ser un genio para reconocer y me impulsaba a imprimirle una cadencia prolongada. Sólo para él.

· La cara y la cruz: “Así que este es también él, me dije después de ver cómo se transformaba de hielo a luz del sol. Podía haberme preguntado asimismo si yo era igual de variable. PD: No estamos compuestos para un solo instrumento; ni yo, ni tú.

· El fuego: “Entonces llegó aquella tarde, un domingo de julio, en que nuestra casa se vació de repente y nosotros éramos los únicos que quedamos allí y el fuego me quemaba las entrañas, pues «fuego» era la primera palabra y la más simple que me vino a la mente en aquel preciso momento en que intenté darle sentido a todo ello en mi diario. Esperé y esperé en mi habitación inmóvil sobre la cama, en un estado de trance, lleno de temores y expectativas. No era una llama de pasión, ni un fogonazo de rabia, sino algo paralizante, como el fuego de una bomba de racimo que absorbe todo el oxígeno a su alrededor y te deja jadeando porque parece que te han dado una patada en tus partes y una aspiradora te ha succionado cualquier materia viva de tu interior y te ha secado la boca y esperas que nadie hable pues tú no puedes y rezas para que no te pidan que te muevas porque tu corazón se ha atascado en un latir tan rápido, que antes escupiría trozos de cristal que dejar que alguien circule por sus estrechos pasillos. Fuego como el miedo, como el pánico, como un minuto más así y me muero si no llama a mi puerta.

· El desenlace: “Así, la tarde en la que por fin entró en mi cuarto sin llamar, como si hubiese respondido a mis oraciones y me pregunto por qué no estaba con el resto de la gente en la playa y todo lo que pude pensar en decir, aunque no tuve las agallas de verbalizarlo. Para estar contigo, Oliver. Con o sin bañador. Para estar junto a ti en mi cama. En tu cama, que es la mía durante el resto. Hazme lo que quieras. Arrástrame. Sólo pregúntame si quiero y verás lo que respondo, pero no me dejes decir no.

· El desvanecimiento: “Éste fue el sentimiento que aquella noche también traslade a mi diario: lo denominé «el desvanecimiento». ¿Por qué me había desfallecido? ¿Y era tan fácil que ocurriese, tan sólo debía tocarme en algún punto para que me volviera discapacitado y perdiese toda voluntad? ¿Era esto a lo que la gente se refería cuando afirmaban derretirse como la mantequilla?

· Ni contigo, ni sin ti: “¿Quería que actuase? ¿O preferiría una vida repleta de anhelo siempre y cuando ambos mantuviésemos activa esta partida de ping-pong: no saberlo, no saber que lo sabe, no saber que sabe que lo sabe? Tan sólo calla, no digas nada, y si no puedes decir «sí», tampoco digas «no», di «luego». ¿Es ésta la razón por la que la gente dice «quizá» cuando quieren decir «sí», con la esperanza de que creas que es un «no» mientras que lo que en realidad significa es «por favor, pregúntamelo una vez más, y después otra vez»?

· Ensimismamiento: “Recuerdo aquel verano, y no puedo creer que, a pesar de todos y cada uno de mis esfuerzos por vivir con «el fuego» y «el desvanecimiento», la vida aun me ofreció grandes momentos. Italia. Verano. El sonido de las cigarras a primera hora de la mañana. Mi habitación. Su habitación. El balcón que dejaba fuera el resto del mundo.

· Los sentidos despiertos: “sentido La suave y perfumada brisa que ascendía por las escaleras desde el jardín hasta nuestra habitación. El verano en que aprendí a amar la pesca. Porque él lo hacía. Adorar el correr. Porque él lo adoraba. Idolatrar a los pulpos, a Heráclito, a Tristán. El verano en que escuchaba a los pájaros cantar, olía las plantas y sentía la humedad trepar por los pies en los días calurosos y, debido a que mis sentidos estaban siempre alerta, los notaba automáticamente dirigiéndose hacia él.

· El deseo: “Al igual que tampoco le interesó o se percató de las múltiples ocasiones en que mis ojos deambularon por su bañador en un intento por vislumbrar el contorno de la marca que nos convierte en hermanos hebreos en el desierto.

· Detener el tiempo: “Para mí aquellas tardes que pasábamos alrededor de la mesa de madera del jardín con el enorme parasol sombreando de forma imperfecta mis papeles, con el repiqueteo de los hielos en la limonada, el sonido no muy lejano de las olas besando las enormes rocas y de fondo, proveniente de alguna de las casas vecinas, una emisora de grandes éxitos repetidos una y otra vez de forma entrecortada y velada, todas estas cosas quedaron enmarcadas para siempre en aquellas mañanas en las que lo único que deseaba era que el tiempo se detuviese. Que el verano no terminase jamás, que él nunca se alejase, que la música repetida una y otra vez siguiese para siempre, pido muy poca cosa y juro que no exigiré nada más en la vida... Elevar la vista y encontrarte allí, Oliver. Muy pronto llegará el día en que mire y ya no estés más en tu lugar.

· Luego: “¡Luego! dejaba siempre un regusto áspero en lo que hasta entonces había sido un momento cálido e íntimo. ¡Luego! no cerraba las cosas de forma suave, ni daba pie a que se fuesen muriendo poco a poco. Procuraba un severo portazo. Pero ¡Luego! era también una forma de evitar decir adiós y facilitar todos los adioses. Se dice ¡Luego! sin dar a entender que es una despedida sino para decir que en breve estarás de vuelta.

· La incertidumbre: “Ignorar si se iba a personar en la cena era una tortura. Pero era soportable. El auténtico trauma consistía en no atreverme a preguntar si asistiría. Que se me saliese el corazón del pecho si por fin oía su voz o le veía sentado en su sitio cuando ya casi había perdido la esperanza de que aquella noche se encontrase entre nosotros, mostrándose de repente como una flor envenenada. Verle y creer que se iba a unir a nosotros para cenar y luego escuchar un Ecco tajante me enseñó que hay ciertos deseos que deben ser sujetados con alfileres como las alas de una radiante mariposa.

· La comprensión del padre: “Siempre puedes hablar conmigo. Yo también tuve tu edad, solía decir mi padre. Las cosas que sientes y crees que solamente las sientes tú, créeme, yo las he vivido y sufrido también y en más de una ocasión. Algunas aún no las he superado y otras las sigo ignorando como lo puedes hacer tú hoy y aun así conozco casi cada recodo, cada guarida, cada estancia del corazón humano.

· La agonía: “El vuelco que me daba el corazón cuando le veía de forma inesperada me horrorizaba y me excitaba a la vez. Tenía miedo cuando aparecía, miedo cuando no lo hacía, miedo cuando me miraba y más miedo aún cuando no lo hacía. Al final, la agonía me agotaba y durante las tórridas tardes simplemente me rendía y me echaba a dormir en el sofá del salón ... El miedo nunca se disipaba. Me despertaba con él y observaba cómo se tornaba en alegría cuando le oía ducharse por la mañana y sabía que desayunaría con nosotros, pero se truncaba cuando en lugar de tomar café, atravesaba rápido la casa y se ponía de inmediato a trabajar en el jardín. A mediodía, la agonía de la espera por oír si se dirigía a mí era más de lo que podía soportar.

· La posesión: “Jamás en mi vida había fisgoneado entre las pertenencias personales de nadie. Me acerqué el bañador al rostro, luego restregué la cara por su interior, como si estuviese intentando acurrucarme dentro y esconderme detrás de sus pliegues. Así que éste es el aroma que tiene cuando no va embadurnado de crema solar, así es como huele, así es como huele, me repetía una y otra vez mientras buscaba dentro del bañador algo aún más íntimo que su olor, para luego comenzar a besar cada recoveco, casi deseando encontrarme un pelo, algo, para chuparlo y poner la prenda entera en mi boca. Si pudiese robarlo, guardármelo para siempre, no dejar que Mafalda lo lavase nunca, volver a él durante los meses de invierno en casa y al olisquearlo hacer que él cobrase vida, desnudo a mi lado en aquel precioso instante.

Capítulo 2: El muro de Monet.

· La fusión: “ ¿Deseaba ser como él? ¿Anhelaba ser él? ¿O solamente quería tenerle? O tal vez los verbos «ser» y «tener» son totalmente inadecuados para esta rebuscada trama del deseo, en la que poseer el cuerpo de alguien para poder tocarlo y ser ese alguien al que ansiamos manosear son lo mismo, sencillamente son las dos orillas de un no que fluye de nosotros a ellos y de vuelta a nosotros

· Mostrándose: “Nunca se me ocurrió pensar que no sólo le había llevado allí para enseñarle mi pequeño mundo, sino para pedirle a mi pequeño mundo que le dejase entrar, para que así, el lugar en el que venía a estar solo durante las tardes de verano tuviese la oportunidad de conocerle, juzgarle, ver si me convenía, arroparle para que yo pudiera volver aquí y recordarle.  

· Reconociendo su llegada:  “Me esforcé por percibir sus pasos, desde el sonido de la suela sobre la gravilla hasta el enmudecido batir de sus alpargatas mientras subía por las escaleras que daban a nuestro balcón. Pero no entró nadie en casa.

· Su otro yo: “Marzia y yo habíamos hecho el amor en un lugar apartado de la playa, un lugar apodado El Acuario, en el que se aglutinaban de forma irremediable todos los condones de la noche

· La fusión: «Llámame por tu nombre y yo te llamaré a ti por el mío»

· La pulsión: “Me levanté y agarré uno de los melocotones, le hice un hueco a la mitad con ayuda de los pulgares, dejé el hueso sobre la mesita y con delicadeza acerqué el melocotón velloso y colorado a mi ingle para después comenzar a oprimirlo contra ella hasta que la fruta partida se deslizó por mi verga"

Capítulo 3: El síndrome de San Clemente

· La magia: “Encontraremos a Cupido en todos los lugares de Roma pues cortamos una de sus alas para forzarle a volar en círculos.

· La libertad: “Ibamos a estar juntos y solos durante tres días, no conocíamos a nadie en la ciudad, yo podía ser cualquiera, decir lo que quisiese, hacer lo que me apeteciese

· El aprendizaje de la vida: “¿Por qué me iba a ir a Estados Unidos dentro de un año si podía pasar los cuatro años enteros asistiendo a lecturas como ésta y sentándome y charlando como estaban haciendo ahora todos? Había mucho más que aprender en aquella pequeña librería atestada que en cualquiera de las grandiosas instituciones al otro lado del charco

· El tiempo se acaba: “Roma era la última fiesta antes de que el colegio y el viaje nos separaran, sólo una manera de procrastinar y alargar la marcha más allá de la hora del cierre. Tal vez, sin pensarlo, nos habíamos cogido más que unas simples minivacaciones; estábamos fugándonos juntos, pero con un billete de vuelta a dos destinos distintos.

· Un mismo idioma: “me gustase o no, en lo que se refiere a los sentidos, todos los humanos hablan el mismo idioma animal.

· Heráclito: “Como el subconsciente, como el amor, o la memoria o el propio tiempo, como cada uno de nosotros, la basílica está creada a partir de las ruinas de las sucesivas restauraciones, no hay ninguna piedra base, no hay ni primero, ni último, sólo capas y pasadizos secretos y cámaras que se conectan, como en las catacumbas cristianas y en algún lugar también las catacumbas judías… Cómo avanzamos en el tiempo, cómo el tiempo avanza sobre nosotros, cómo cambiamos y cambiamos y volvemos a lo mismo. Puede que incluso se envejeciese y sólo se aprendiese esto. Nada más.

Capítulo 4: Lugares fantasmas:

· La anticipación: “Como los soldados entrenados para luchar de noche, vivía en la oscuridad con el fin de no quedarme ciego cuando anocheciese. Piensa en el dolor antes del dolor.  

· La pérdida: “Lo perdiste, como siempre supiste que iba a ocurrir, incluso estabas preparado para ello; pero no puedes soportar vivir con ese quebranto.

· El duelo: “Aquella tarde me quedé mirando al mar y por un instante se me olvidó que él ya no estaba allí, que no tenía sentido darse la vuelta y mirar al balcón, donde su imagen no se había desvanecido del todo.

· El acompañamiento del padre: “Tuvisteis una amistad preciosa. Quizá algo más que una simple amistad. Y te envidio. En mi situación, la mayoría de los padres tendrían la esperanza de que todo se disipase o rezarían para que su hijo pusiese los pies en la tierra cuanto antes. Pero yo no soy uno de esos padres. En tu situación, si hay sufrimiento, domínalo, y si queda alguna llama, no la apagues, no seas cruel. La ausencia puede ser algo terrible si nos mantiene despiertos toda la noche y ver cómo alguien nos olvida antes de lo que hubiésemos deseado no ayuda. Nos desprendemos de tantas cosas propias para poder curarnos lo más rápido posible que a la edad de treinta ya estamos en bancarrota y cada vez tenemos menos que ofrecer cuando empezamos una nueva relación con alguien. Sin embargo, no sentir nada por miedo a sentir algo es un desperdicio… La forma de vivir tu vida es cosa tuya. Pero recuerda, nuestros corazones y nuestros cuerpos sólo nos los entregan una vez. La mayoría no podemos evitar vivir como si tuviésemos dos vidas, una es la maqueta a escala y la otra es la versión final y luego están todas las adaptaciones intermedias. Pero sólo hay una, y antes de que te des cuenta, tienes el corazón gastado y en lo que respecta a tu cuerpo, hay un punto en el que nadie se fija en él, y mucho menos quiere acercarse a él. Ahora sientes pena. No envidio ese dolor. Pero sí envidio que puedas sentirlo ahora. Respiró hondo

· La sustitución: “Oliver, quien durante tanto tiempo parecía haber sido la piedra angular de mi vida, poco a poco fue obteniendo sucesores que o bien le eclipsaban o le reducían a una simple referencia a pie de página, a una mísera bifurcación en el camino, al diminuto e inhóspito.

· Parte del puzzle: “No podrán deshacerlo, ni desescribirlo, ni desvivirlo o volver a vivir, simplemente está ahí incrustado, como la imagen estática de las luciérnagas sobre un campo estival al atardecer que parecen decir una y otra vez Podía haber sido así. Pero volver atrás es falso. Pasar página es falso. Mirar hacia otro lado es falso. Intentar reparar todo lo que es falso resulta ser igualmente falso.

· El amor siempre es envidiado: “—Dios, cómo nos envidiaban desde el otro lado de la mesa durante la cena de la primera noche en Roma —dijo—. Nos miraban el joven, el viejo, el hombre, la mujer, todos y cada uno de los que estaban a la mesa nos observaban boquiabiertos porque éramos muy felices.

· La permanencia: “Se me ocurrió preguntarle si había leído una novela de Thomas Hardy titulada La bien amada. No la había leído. Es sobre un hombre que se enamora de una mujer que, años después de abandonarle, muere. Él visita su casa y acaba conociendo a su hija, de la que se queda prendado, y tras perderla también, muchos años más tarde, se encuentra con su descendiente, de la que se encapricha. —¿Estas cosas se acaban muriendo por sí solas o algunas necesitan de varias generaciones y vidas para resolverse?

· Al otro lado: “Durante las semanas que habíamos estado juntos aquel verano, nuestras vidas casi no se habían tocado, pero habían cruzado a la otra orilla, donde el tiempo se detiene y el cielo llega a tocar el suelo y nos entrega un muestrario de lo que nos pertenecía de forma divina desde que nacimos. Y esto sólo se consigue una vez.

· En busca del tiempo perdido: “Sin embargo, había otra parte de mí que quería hacerle entender que no tenía sentido intentar recuperar el tiempo perdido pues habíamos viajado, habíamos experimentado demasiado sin el otro como para seguir teniendo muchas cosas en común. Quizá quería que sintiese la punzada de la pérdida y la congoja.

· Llámame por tu nombre: “Si te acuerdas de todo, quise decirle, y de verdad eres como yo, entonces antes de que te vayas mañana, o cuando estés a punto de cerrar la puerta del taxi, te hayas despedido de todos los demás y no quede nada que decir en esta vida, entonces y sólo entonces, vuélvete hacia mí, aunque sea en broma o como una última ocurrencia que hubiese significado todo para mí cuando estábamos juntos y, al igual que hiciste en aquel entonces, mírame a la cara, aguántame la mirada y llámame por tu nombre.

 

domingo, 31 de enero de 2021

Los vagabundos frente al ruido


En estos tiempos de ausencias, cuando el ruido emponzoña el oxígeno social, las palabras trampa se repiten en bucle y profesionales de la mentira se agarran a un micrófono en abierto para exculpar su mala baba, siendo obligado y hasta conveniente, volverse sordo. Ruido sistemático, por activa y por pasiva, para negar la realidad o inventarla. Hacedores del insomnio, fabricantes de mentiras, tratantes de malos sueños, declaman sus palabras aprendidas sin razón, sin alma, sin coraje. Ruido escrito, agitado y gritado en cadena.

Viene la mañana cargada de niebla y por la tarde, tras los cristales, resbalan gotas de agua que nos avisan que la vida se acaba. Ya no hay ruido; solo la memoria del sonido de la máquina de un tren, cuando eran de madera, el olor a merienda o a tiza en la escuela, la despedida del sol con mis amigos un atardecer o el primer beso robado en la butaca de un cine de verano. 

Enfrente, ya no queda casi nadie. Todos nos hemos vuelto sordos para sobrevivir a estos bufones desalmados. Un ejército de vagabundos emocionales, con indiferencia, les miramos. Volviéndonos a nuestras pequeñas cosas para encontrar una salida que no embote más nuestros sentidos. O nos contamos, como almas gemelas, vitales secretos. Fuera no existe nada. Tan solo nosotros, volviendo a reinventar el amor como una red de salvamento para alcanzar la belleza del silencio. Basta una suave voz y una detenida mirada. 

En el cruce de cuerpos se van mojando, poco a poco, las geografías de sus pieles. En ese precipitado orgasmo cósmico que deben de vivir las sábanas, también humedecidas, celebrarán ser el acomodo y recipiente de una fiesta, tantas veces negada en estos tiempos. Intuyen que vienen los líquidos fríos del placer que deben ser regalados. Todo indica que ese ejército hará estallar el deseo acumulado, para evitar la extinción. Como si se hubiese declarado una guerra final y se acabasen los tiempos para el deseo y la pasión, se vierten como vientos huracanados en un desierto de ruidos. Vivido como si fuese el último goce que su tiempo vital les hubiera concedido.  

Son tiempos para alcanzar el atlas estructurado del otro cuerpo y asirse a él como la mejor elección para soportar un  ruido estéril. Para resolver la escasez de piel en tus manos, o la ansiedad por culminar un momento soñado y la celebración unánime del amor en ese instante, que siempre quedará como eterno en tu memoria. 

Sentir el paraíso de la naturaleza para volver a tomar contacto humanizado con la tierra o con el cielo. Sucesión de gemidos, suspiros acelerados, ojos que se cierran y bocas que se abren, invitando sus labios a besar, abrazados. No importa color, ni procedencia. Sí, brazos que férreamente abrazan, para evitar que escape ese momento, en el que se produce un exquisito instante en el que todos los acordes de los sentidos van, con delicadeza, acompasándose como una música armónica que detiene el tiempo; casi de manera congelada, para volver a respirar sin ahogos, palpar con calma, detener las miradas, oler la piel agitada y lamer detenidamente todos los límites de sus  saladas esencias. 

Vuelve la quietud, tan sólo existen sus manos y sus miradas. Van brotando las otras palabras, las de siempre, de forma pausada, dando la calma exacta para ir ensanchando, de nuevo, el gozo y el deseo. Esta vez, de forma más detenida y tranquila, propiciando un nuevo festejo colectivo de cabellos, ojos, boca, brazos, muslos y pechos, mezclados en un único tejido, dilatando los minutos para un nuevo abordaje de expansión de nuevas palabras que aborten el ruido.

Ya estoy viendo un ejército de vagabundos emocionales que nos estamos organizando, sin saberlo, para dar un corte de manga al ruido, haciéndonos el amor. Es y será nuestro vínculo.  

domingo, 10 de enero de 2021

Memoria Familiar: Un tránsito en Barcelona

 

 

                                              Fragmento de "El valor de una factura"

He regresado a Barcelona y en pocos días, el Parlament aprueba la ley de Referéndum y de Ruptura en una clara violación de los derechos de la oposición. Termina el año 2017 y el 21 de diciembre votó quien quiso, y votamos en libertad como tantas veces se ha votado en Cataluña en el periodo democrático. La libertad reclamada es una soflama populista que intenta resignificar una realidad. Nada nuevo bajo el sol. Vuelve a ganar la derecha catalanista. Vuelve a ganar como casi siempre en estos cuarenta años de cacicato pujolista. En este momento es la derecha españolista a la que le cabe el prurito de ser primera fuerza política del Estado, aunque de bien poco le va a servir porque es el independentismo, o con más precisión Carles Puigdemont quien entroniza al nuevo President de la Generalitat, Quim Torras, en una pirueta circense, más propia de un esperpento valleinclanesco.   Después de sufrir toda una crisis económica, vence el discurso territorial frente al social. Con qué facilidad somos engañados. Las élites siempre tienen instrumentos para solapar los verdaderos problemas con problemas artificiales. “Independencia para poder decidir”. ¿Para decidir, qué? ¿La regulación de los mercados financieros y comerciales, medidas para frenar el cambio climático o los movimientos migratorios?...

Comienzo el año con un objetivo: escribir. Tengo pendiente un relato que construir con sucesos que me devuelve la memoria y aquellos otros recuerdos más esquivos que buscan una oportunidad para ser parte de un homenaje. 

Cerca de la casa que he alquilado, en el Centro Cívico del barrio, me inscribo en un taller de literatura creativa. Desde que un profesor de literatura me pidió que escribiera una historia sobre un bolígrafo bic, no he dejado de escribir relatos cortos, cartas o artículos. Es el momento de probarme en otros formatos literarios más comprometidos. Pero necesito tener un espejo que me devuelva mis defectos cuando escribo. El desierto de mi técnica novelística es abrumadora. Mi escasa capacidad lectora de novelas me delata. Soy más de ensayos.

La trama, el ritmo, la organización de los tiempos, la función del narrador, la utilización de los verbos, los diálogos no impostados, la precisa adjetivación o la ausencia de barroquismo son sin duda capítulos que, independientemente de la historia que se cuenta, facilitan que un relato al menos tenga la oportunidad de ver finalizada su lectura.

Oteo el grupo que lleva ya un tiempo trabajando y a Laura, la profesora del Taller y me decido por sumergirme en la experiencia de adquirir un acopio de técnicas de escritura. Comienzo la tarea. Escribo por pulsiones, abro tramas que no pueden encontrarse, utilizo tiempos verbales de forma caótica, los diálogos son forzados, el exceso de adverbios son suprimibles y la saturación de adjetivos me lleva a un barroquismo recargante. La única cuestión que tengo clara es que necesito narrar en primera persona una autoficción.

Los primeros encuentros en el taller, con mi profesora, son concluyentes en relación a todos mis defectos enumerados. Necesitaba oírlos para disciplinarme.

 --"Si te propones escribir una novela, tienes que dejar de ver en el relato un artículo. Las frases más cortas. Escribe como hablas. Elimina lo superfluo que no aporta nada. Comienzas relativamente bien pero se te va la pinza, Miguel. Estás queriendo decir cosas pero no te atreves a concluirlas. ¡Desembucha!"

Me disperso porque quiero escribir sobre la parte y el todo.  Laura me reafirma en la importancia de ver un relato con sus tiempos de cadencia, con la invención de un orden narrativo que debe parecerse a una ecuación matemática, sin obviar la pasión porque eso lo hará creíble, favoreciendo giros y silencios a los que dar respuestas en otros momentos, que darán sentido a que la memoria y la ficción resulte conmovedora o estúpida, falsa como una moneda o realista.

Tengo que definir un proyecto de relato que tengo muy difuso en mi cabeza, pero que tiene su arranque en la huida de Illescas de la familia de mi madre, al inicio de la guerra civil.

En el taller, Rosa, una compañera, relata la historia de partida de su narración, que contiene un paralelismo total con la idea que me obsesiona. Memoria, recuerdos, orígenes e ideas recurrentes a las que hay que dar salida, resolviendo agujeros negros que permanecen irresolubles en un relato que hemos oído cientos de veces pero que reclama más concreciones y respuestas definitivas para poder cerrar esa página.

A Rosa, cuando nos presenta su proyecto, se le abrillantan los ojos y casi siempre que habla sobre ese capítulo de su relato familiar se le quiebra la voz. Siempre hay un punto donde le resulta difícil avanzar. Su historia, a través de la memoria de su tío, la sitúa en Málaga. Su abuelo, un bachiller, pintor decorador, militante del partido comunista es nombrado comisario de la República en la ciudad y trasladado junto a su familia al Castillo de Santa Catalina, lugar desde el que se domina toda la ciudad.

Una mañana de febrero de 1937, un hijo del comisario de edad temprana, posiblemente jugase como tantos días en la terraza del castillo, que yo me imagino con paredes encaladas reflejando sobre ellas la luz del Mediterráneo, llena de sabanas blancas colgadas para secar. De pronto, muy cerca de la costa, divisa un buque de guerra. Corre a contárselo a su padre. Por el camino, encuentra a uno de los escoltas. Le avisa de lo que acaba de ver y este toma unos prismáticos y corre hacía el comisario. A partir de ese momento, recuerda que todo pasa muy deprisa, mientras su padre realiza una llamada telefónica a comandancia. Es la primera noticia. Es el acorazado "Canarias". Comienza la “Desbandá”. La ciudad es evacuada con urgencias. Toda la familia menos el comisario, el abuelo de Rosa, salen de Málaga hacia Almería por la N-340. Los buques fascistas de Canarias, Baleares y Cervera, acompañan la Desbandá, bombardeando y acosando a miles de huidos. La familia del comisario, Antonio Guerra, llega a Barcelona. Él, se mantiene al frente de sus responsabilidades en la ciudad para ser, finalmente, fusilado en la tapia del cementerio de San Rafael.  Es la misma imagen aquí y allá, en ti y en mí. Qué más da, Illesca, Málaga o Badajoz. Ajuste de cuentas, rabia, horror, masacre y violencia. Una página negra en nuestra historia que no está resuelta y donde los culpables tan solo han sido tímidamente señalados.

Al acabar el curso escolar, en el periodo estival, regreso a Plasencia, para disfrutar del agua y de la temperatura en el norte de Extremadura. Es un espacio de tiempo que sirve para dar una vuelta a la situación de mi madre. Sigue resistiendo en su trinchera. No quiere irse con ninguno de sus hijos. Al menos, las rutinas de compras, visitas al médico y paseos nos sirven para retomar nuestras filias y fobias. En la celebración de mi cumpleaños, el 14 de agosto, toda la familia nos vamos a comer a casa de mi amigo Crespo, que prepara una de las mejores calderetas hurdana de cabrito que pueda probarse. Este día es una fecha emblemática para un extremeño de izquierdas por la matanza de Badajoz. Y para qué esperar a Navidad si podemos confrontar familiarmente en esta comida.

Mientras llega el primer plato, leo a mi madre la narración que he escrito de la huida de Illescas de  su familia tras el alzamiento rebelde. Todo lo que tantas veces me había contado. Al terminar la lectura y como yo tenía previsto, mi madre solloza porque escuchar lo vivido le reaviva la emoción de un tiempo de pesadillas, pero como siempre se sale del guión y acomoda los recuerdos a sus fobias. Entre balbuceos alcanza a decir:

--Los rojos fueron los culpables –Nos miramos atónitos, el resto de comensales porque no damos crédito a lo que está diciendo. Es imposible no colectivizar una carcajada al unísono.-

--¿Cómo? ¡Pero si quién os echó del pueblo fueron las tropas moras de Franco!        

--¡Anda, chico! Fueron los rojos. Teníamos en la hospedería un capitán republicano que a mí me quería mucho pero tenía debajo de la cama una maleta llena de cucharas, candelabros, portaretratos y todo era de oro.

--Mamá, me lo estás diciendo tú misma. Vosotros estabais en territorio republicano. ¿Te encuentra mal o has vuelto a tener una sobredosis de revisionismo histórico...? 

Van brotando los recuerdos de nuestros familiares ausentes. La tía Luisa, a la que hacían de rabiar otras niñas al decirla que las hijas de Negrín no podían hacer la comunión. El robo de la casa de los padres del abuelo Mariano, que al pasar cuatro años tras la guerra pudieron acceder a ella, la marcha del hermano mayor a Rusia, por presiones de un sargento de la Guardia Civil, de donde nunca volvió. 

 ¿Qué es lo que lleva a las personas a amar a sus verdugos? Los desencuentros con mi madre siempre tuvieron su raíz en esta incomprensión. Una familia que pierde todos sus bienes, que salen huyendo de su medio de vida, de su escenario de afectos y labores, que son cobijados durante la guerra en una casa cómoda por la república, que vuelven a su pueblo tras la guerra y tienen que sentarse en el suelo porque no tienen una miserable silla, terminan abrazando el credo que les llevó a la diáspora.

Volvemos a la calle y nos sorprende una tormenta de verano. Observo un mural dibujado sobre una casa y en la ventana una paloma que en otro momento puede que me hubiese pasado desapercibida. Preparo mi cámara fotográfica, mientras mi familia me reclama prisas para subir al automóvil. La paloma espabilada observa el interior de la casa abandonada a través de unas rendijas; persiste en la búsqueda de un espacio vital que la proteja de su premonición instintiva. Ráfagas de vientos tormentosos y un aguacero imprevisto. La paloma y la inteligencia siempre se anticipa. Ahora, son tiempos de defender la libertad, la de siempre y no otra postmoderna que ensordece con su ruido repetido y diseñado. Desde nuestro microespacio, con tus cosas y tu gente, libertad para defender también lo colectivo, porque si no es así, no es ella. Tu casa, tu trabajo, nuestros vecinos...Y cuidarnos. Esta vez, la paloma seguro que no se equivoca.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Monfragüe es mi Prozac


Me levanto temprano y el día está gris, como tantos días grises de esta maldita pandemia. Rompo un circular pensamiento negativo de ver pasar el día desde la ventana viniendo a mi memoria el icónico "Salto del Gitano". Hoy, seguro que los buitres leonados , giran y giran, vienen y van en torno a él. Cargo con mi cámara fotográfica y tomo dirección al Monfragüe -monte denso- de encinas, alcornoque y quejíos. Al monte fragoso de la jara, del enebro y el aliso. Más de dieciocho mil hectáreas me están esperando. 

A pocos kilómetros de Plasencia ya tengo los primeros impulsos para parar y hacer una fotografía. Ahí, hay una preciosa instantánea, me digo, pero prosigo el viaje. Esa foto siempre estará allí y prosigo el viaje. Hace uno de esos días donde la luz cambia constantemente. Comienzan a abrazarme encinas a ambos lados de la carretera, entre la bruma que avanza que va a levantar el día. El suelo es un tapiz verde y la dehesa amplia es mi paraíso. Una piara de cerdos de bellota, un rebaño de ovejas, y cientos de vacas extremeñas; retintas, avileñas, blancas cacereñas, moruchas y charolesas. ¡Qué espectáculo gratuito y qué fortuna la mía!.

Alcanzo el cruce del Salto de Torrejón y ese trayecto lo dejo para otro día, aunque detengo el coche en los primeros miradores donde observo que tiene que llover, por la escasa agua que lleva el río. Villareal de San Carlos, lo dejo para la vuelta.

Aminoro la velocidad del coche; por la hora, es fácil ver ciervos cruzar la carretera en búsqueda de los muladares o comederos. Paso primero el Tajo y me encuentro con la fuentes del francés y el Puente del Cardenal, que con la llegada de las aguas queda sumergido. Estoy solo; cosas de la naturaleza o de la diseñada España vaciada. Comienza el festival de fotos. Ya estoy cerca del Salto del Gitano y antes de llegar a él, ya es oficial el abanico de emociones que me suscitan los alimoches, águilas negras, buitres leonados y el omnipotente águila imperial. 

Dicen que el Prozac es la píldora de la felicidad y yo creo, que en la soledad de estos riscos, a veinte minutos de Plasencia, yo debo haberme tomado un bote. Y como tengo memoria y agradecimiento, me acuerdo de Jesús Garzón y de ADENEX, porque Monfragúe fue el primer espacio extremeño protegido y hoy Reserva de la Biosfera. Eternamente, gracias, por haber luchado por este Parque en los setenta. Yo estuve allí, luchando contra los eucaliptos del IRYDA. Vuelvo a Plasencia, con una descarga de opiáceos en todo el entramado de mi cerebro y de mi corazón. Algunas batallas, las hemos ganado. 

lunes, 23 de noviembre de 2020

Yo fui maestro de enseñanza concertada




Gritar "libertad" para evitar la igualdad es el viejo discurso de internacionalismo clasista de la derecha. Ver lazos rosas en niños y adolescentes me produce tristeza por algunos padres que pretenden sentirse diferentes y quieren dejar de identificarse de esta manera con su clase social. A los inductores de otra nueva "revuelta" hay que dejarles muy claro que los idearios religiosos o políticos deben darse fuera de la escuela. 

Los ricos no necesitan que se subvencione su educación y los trabajadores lo que necesitamos es que nuestros hijos crezcan en valores humanos; no segregadores y por lo tanto inclusivos. Nada de esto ocurre en una enseñanza concertada muy viciada por los intereses de sus élites y por sus objetivos rentistas. Solo es posible en una escuela pública, laica e integradora. Por tanto, el valor de la enseñanza concertada debe ser puntual, subsidiaria y/o experimental.

En estos días he recordado cómo en los años 84 y 85, mi empresa me invitaba a participar en manifestaciones contra la LODE, impulsada por el ministro socialista Maravall. Por supuesto nunca fui a ninguna. Junto con mis compañeros, estábamos en otros intereses más participativos, educación en valores, intentando homologar las condiciones de los trabajadores con aquellas que tenían en la escuela pública, realizar elecciones sindicales no manipuladas por la empresa y libertad de afiliación sindical, respondiendo a una realidad, aún vigente, de afiliación sindical obligada por la empresa a sindicatos amarillos. Ya en aquella época, hacían un llamamiento colectivo a defender la "Libertad", cuando lo que defendían era que no hubiese ningún control sobre el negocio de la enseñanza. La LODE, entre otras cosas, introducía los consejos escolares para democratizar la vida de estos colegios. Lo intentamos, pero aquella experiencia fue frustrante porque terminaron quedando estos órganos en las manos amigas de la empresa. Ahora, la nueva ley tan solo pretende algo tan obvio como cortar las cuotas arbitrarias a los padres que cobran las empresas, no subvencionar con dinero público la segregación del alumnado por sexo, no ceder suelo público a los centros concertados, priorizando las plazas públicas y potenciar el reparto "equilibrado y transparente" del alumnado por los centros para evitar guetos. Finalmente, decir que esta Ley pretende acabar con la educación especial es contravenir, groseramente, el octavo mandamiento.

Han pasado 40 años y estos centros que tuvieron su razón de ser en determinados territorios en momentos muy concretos, hoy siguen defendiendo su "libertad" para enseñar, cuando hay que defender una escuela pública que enseñe para la libertad. Ruidosa forma de pedir "libertad" para que sigamos sin igualdad. ¡Viva la Escuela Pública!



lunes, 26 de octubre de 2020

Memoria familiar: territorio de infancia


         "Los enamorados ponen mucha atención cuando se besan, y los que viven con mucha atención, con mucho amor por la vida, suelen llenar sus habitaciones de cosas... Vagabundeo por la casa y miro la carta infantil, el paquete de tabaco de mi padre, el primer disco, las fotografías de juventud, los carnés, la bufanda tricolor, la Torre Eiffel de mi primer viaje a París, la corbata de Alberti, los libros dedicados, los cuadernos antiguos, las fotografías en las que me siento una cosa más en los brazos del pasado, los dibujos infantiles de mis hijos, mis pegatinas pacifistas del año 86 ... ¿Se trata de un museo? No, se trata de un paisaje". Una forma de resistencia (Razones para no tirar las cosas). Luis GarcÍa Montero.

De mi clan familiar recuerdo con mucho cariño a mi abuelo Mariano, de la estirpe asturiana de los “Coque”. Es ferroviario de aquellos republicanos azañistas que salvan el culo en la postguerra, milagrosamente, gracias al azar y a su hoja de servicio de cuando el desastre de Annual. Su condición de jefe de estación favorece que su vida no pase por excesivas penurias. De él me viene mi sangre ferroviaria y de puentes de hierro. 

Son tiempos de estraperlo procedente de la vecina Portugal y él mira a otro lado porque la gente tiene que ganarse la vida. Siempre me repite que de haber sido otro hubiese hecho mucho dinero con la miseria de los demás. Leonés recio, del Bierzo y del buen bebercio, se asienta en la estación de Palazuelo-Empalme, en la encrucijada de aquellos trenes de carbón y de asientos de madera que surcan la Ruta de la Plata. 

Mi padre, Miguel, aprende en Madrid la profesión de sastre y se quita el hambre de perdedor de una contienda incivil viendo películas para después de una guerra en los cines de la Gran Vía del foro. De esa forma, tan cinematográfica, confunde, engaña y entretiene la gazuza y la necesidad. Basta con una sucesión de fotogramas en blanco y negro de la época, aunque, eso sí, siempre llega tarde para evitar ver el No-Do de la victoria. 

Una vez que termina el aprendizaje del oficio decide instalarse en Plasencia, la capital del Jerte. Mis hermanas son: Lucía, que es la mayor, y que siente una debilidad casi obsesiva por reventarme los granos de adolescente que me salen en la espalda, y Pilar, seis años más pequeña que yo, convertida en mi debilidad afectiva, con la que puedo activar todos mis recursos protectores. Recuerdo que eso me hace sentir importante en mis primeros ejercicios de autoafirmación. Revivo, fotográficamente, el día que nace. La salida del cole, corriendo por la plaza y después por la calle del sol, llegando a la sastrería de mi padre, donde me dan la noticia e inicio una carrera grande y continuada para llegar a casa a ver la “mochuelina”. Cuando la veo, paro en seco, entre sorprendido y excitado; todo aquello era nuevo para mí y tengo que aprender a gobernar los cambios que implica su llegada. Ese día nieva extrañamente en Plasencia e imagino que es una celebración compartida del cielo.

En esa primera época, las niñas están desaparecidas de nuestras tardes divertidas y de nuestros veranos eternos de garullas y risas; entre otras razones porque no conocemos otra forma de relacionarnos que la rivalidad resuelta a través de la fuerza. Mi relación con ellas y la exploración sobre sus juegos, gustos y preferencias las voy haciendo a través de mis dos hermanas.

Pero las mujeres de la familia que conforman el núcleo duro de la casa son: mi madre Lucía y mi abuela Ángela. La autorregulación cósmica ha querido que la una sea el calco de la otra y la otra el calco de la una, lo que anuncia una cierta dificultad en la gestión de la jerarquía familiar. Son suegra y nuera, guapas, tajantes, vehementes, directivas,  católicas románicas, y defensoras a ultranza de las buenas formas y de los santos sacramentos. Como los polos del mismo signo de un imán se repelen.

En ese territorio de mi infancia, mi barrio es el universo a defender con mi pandilla. Mi casa está abrazada por el rio Jerte y dos catedrales superpuestas; una románica y otra gótica, el Palacio del Obispo, el del Marqués de Mirabel, y por varias iglesias y conventos que se acompañan de fuentes con peces de colores, plazas y plazoletas con limoneros y naranjos. Un paisaje pétreo donde sigue congelándose la historia, y donde el acceso al patio de cada casa te adentra en la exploración de mágicos espacios, que aún hoy sigue siendo escenarios de juegos infantiles.

En aquel tiempo no necesito preguntarme qué hay detrás del horizonte porque la felicidad junto a mis amigos, fuera del ruido familiar, es gratis.  En mi pueblo, los niños nos organizamos por barrios para programar las guerras y los juegos. Hay una tendencia implícita a establecer alianzas o competencias insalvables con otras bandas de chavales que nos lleva, más de una vez, a ver chorretones de sangre en nuestras cabezas y extremidades.

Las pandillas, nos citamos  a determinadas horas y días, en el “Cancho del Avión” para lanzarnos piedras con hondas, tiradores o a mano. Quien tomaba la parte alta de la zona granítica tenía todas consigo. Más de una “pitera” y de un ojo estallado son el fruto de aquella primitiva forma de certificar quién es más bruto. Más suaves y divertidas son las guerras de cagajones secos de vacas en un tentadero cercano a Plasencia, en campo abierto, llamada la Plaza de “Currito” o los partidos de futbol contra la pandilla de los ricos y más pijos del pueblo. Futbol "canchalero", sin árbitro y con porterías improvisadas con piedras, carteras y mochilas.  Somos niños pero tenemos  una cierta conciencia de clase que siempre celebramos ganándoles en su propio campo.