Una errónea lectura de La Llamada de la Tribu,
de Vargas Llosa, les conduce a ofrecernos este marco conceptual hasta las
próximas elecciones generales bajo el auspicio de un desesperado PP, renunciando
a los valores y principios de la Constitución. Hablan de prioridad nacional,
para evitar paralelismos entre inmigración y racismo; aunque el problema de
base es la aporofobia, es decir, su clasismo ancestral. Como diría Gil de
Biedma, su aspiración histórica consiste en que media España ocupe la España
entera.
A fuerza de falta de propuestas y soluciones
colectivas, no les queda otra opción que presentar una forzada épica de
destrucción. De la misma forma que nos hicieron creer, sus antepasados
ideológicos, que Don Pelayo inicio la Reconquista desde Asturias, ahora
pretenden plantar una pica en Extremadura como génesis de la segunda
reconquista de España. Ni existió la Reconquista de un territorio que no
pertenecía a estado alguno, ni el invento de la prioridad nacional es novedoso;
por aquí ya ha pasado el finiquitado Orbán, el clan Lepen o el psicópata de
Trump. Es una narrativa conocida de antiguo, expresada recientemente en Davos,
por otro psicópata como Milei, donde la desigualdad es inevitable, naturalizada
y el sufrimiento social es un daño colateral, sin solución, que es lo que nos
ofrece el acuerdo PP-VOX.
Efectivamente, leyendo ese acuerdo, “palabra por
palabra”, que ha sido formalizado en cuatro largos meses, se entiende todo. A
los propietarios de Almaraz, con beneficios cercanos a los diez mil millones de
euros en 2025, les vamos a perdonar hasta 2029, unos noventa millones de euros.
O se rebajarán los impuestos de sucesiones y donaciones al 1% de extremeños que
hereden más de quinientos mil euros, teniendo en cuenta que tenemos un 32,8% de
tasa de pobreza; la segunda más alta de España. ¡En eso consiste su bajada de impuestos!
El ahora vicepresidente de la Desregulación,
Oscar Fernández, en el acto de investidura de María Guardiola, sintetizaba de
forma sustantiva y preocupante, en una sola frase, la clave de bóveda de su marco
referencial: “no hay comida ni sanidad para todos”; puede que saturado por esa
situación apocalíptica que describen de una España rota, partida, invadida,
empobrecida y en estado terminal. De lo que subyace en su relato, debemos
inferir que también se refiere a salarios, pensiones, prestaciones sociales,
educación, bonos sociales y todo aquello que, gracias a nuestros impuestos,
obtenemos como devolución en salario diferido. Siguiendo su estela, los
sindicatos y las ONG, en la defensa de clase o de los más vulnerables, son
“improductivos”.
Quien protesta, estorba. Hay concordia, solo si
la memoria es selectiva. El dolor es pedagógico para “espabilar” y la violencia
hacia los mas vulnerables es una consecuencia inexorable del mercado “correcto”.
El odio es una peligrosa forma de organizar el malestar social, pero a ellos
les sirve; la confrontación competitiva dentro de la misma clase simplifica la
diana sobre un chivo expiatorio cuando se trata del reparto de migajas. La
manipulación de la emocionalidad facilita la criminalización del diferente.
Otra cosa es la lucha de clases, pero requiere de valores, ideas y actitudes
complejas rara resolver las causas de un conflicto.
Hagan caso a María Guardiola y lean “palabra por
palabra” y comprenderán la deriva de criminalización, desmemoria, segregación e
insolidaridad, en una Extremadura despoblada, sin una sola idea o soluciones
para un proyecto colectivo.
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