Malos tiempos para la equidistancia. Cuatro
palabras como opción: ¡No a la guerra! Aprender de la historia y de las
experiencias colectivas vividas. Respeto al derecho internacional como
principio para defender los derechos humanos.
Hace veintidós años, fruto de una guerra ilegal
propiciada por el famoso trío de las Azores, nos devolvió un dramático 11 de
marzo; inicio de la ruptura de todos los consensos. A día de hoy, tan solo
Aznar no ha pedido perdón por ese ataque.
Aquel trágico suceso, fruto de la unilateralidad
y en defensa de intereses espurios, marcó el inicio de una trumpismo sin Trump,
tratando de normalizar la violación de la soberanía de los estados,
fundamentada en la mentira. Una mentira que vuelve a repetirse con la agresión
de EEUU hacia Irán. La guerra y la mentira siempre van unidas y el verbo mentir
se hizo carne y habitó entre nosotros. Y la mentira llevó a las elaboradas farsas
en un coro afinado de plumillas y políticastros que arrastrados por convertir
su deseo en realidad no cesan de mentir.
La “furia épica” consiste en bombardear un
colegio de niñas, invadir países para colmar sus compulsivas ansias
petrolíferas e insultar a todos aquellos artesanos de la paz, alejados de
mamporreros embriagados en sus sueños húmedos. Ellos, en su épica trasnochada,
ya estarían plantando los pies sobre una mesa y oliendo a napalm en los desiertos
lejanos.
Con la mentira del 11-M, rompieron todos los
consensos, iniciando una polarización como un recurso de salvamento. La verdad
no podía ser un impedimento para mantener el poder. La fabricación de bulos sobre los causantes de la matanza,
derivó en una salida del carril democrático. Desde entonces, ya nada ha sido
igual y el PP ha transitado por las líneas rojas que le alejan de ser un
partido de Estado.
El 14 de marzo de
2004, con la victoria de Zapatero, comenzaron un relato sobre la ilegitimidad
de los gobiernos socialistas que aún no han abandonado. Con Pedro Sánchez la
historia de Zapatero se repite: confrontación, manipulación, deslegitimación y
crear las condiciones para un insufrible ruido que provoque la tensión social
necesaria para un cambio de Gobierno.
La placentina Pilar
Manjón, madre de uno de los asesinados, significada en la denuncia contra un
Gobierno que mintió desde el minuto uno, recibió el desprecio en las palabras
de Álvarez Cascos: «cambiamos de Gobierno por esta puta y cuatro mierdas
más»; toda una declaración institucional que anunciaba una posición de
revancha. Al mismo tiempo, Esperanza Aguirre, al entregarle una ayuda para la
Asociación 11M, Afectados del Terrorismo, diciéndole: «esto es mejor que un
premio de lotería, porque no paga a Hacienda», mostraba el rencor de los derrotados.
El 11 de marzo
comenzó un viaje hacia la sobreactuación, la hipérbole y la manipulación que ha
desembocado en un intento de deslegitimación cada vez que ha vuelto a gobernar
el PSOE. Un itinerario que comenzó con su fallida “teoría de la conspiración”
por la vía de una sentencia jurídica. Una cinta de la Orquesta Mondragón
significaba una prueba de la implicación de ETA en el atentado. El Mundo con
Pedro J. Ramírez, Jiménez Losanto y la COPE, en alianza con el PP,
multiplicaron las dudas junto al que formó parte del “Trio de las Azores”,
asumiendo el dogma de que “los terroristas no andaban en desiertos muy
remotos ni en montañas muy lejanas”. Y Aznar, se fue de rositas.
Tras la vuelta de
las tropas españolas de Irak, vino la Ley de Igualdad, el matrimonio
homosexual, el divorcio exprés, o la Ley de Memoria Histórica y ante estos
avances sociales, el PP elabora a través del Foro de la Familia toda una suerte
de movilizaciones repetidas para luchar contra las plagas y catástrofes que
anunciaban el fin de la familia. Ni siquiera la gratificante financiación a la
Iglesia Católica a través del Impuesto de la Renta amainó la movilización
propiciada desde la misma cadena de radio que auspició la crispación social con
sus tremendismos. Luego, el boicot al Estatuto de Cataluña fue otro banderín de
enganche para la confrontación.
Cuando nos
preguntamos sobre la polarización social en nuestro país, podemos concluir que
la derecha solo vio en su momento una estrategia para alcanzar el poder a
través de la polarización y la tensión social. No fue suficiente que, en el
2011, la banda terrorista ETA cesara en las armas y la derecha volvió a agitar
el fantasma de las cesiones y la venta de la Patria al enemigo.
Perpetuar la mentira como posverdad, dinamitar los consensos sobre instituciones, hablar de libertad para acusar al otro, mientras en un edificio de la calle Génova se destrozaba a martillazos la verdad. ¡Nunca más otro 11 de marzo!

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